HANNA

19 10 2011

El frío enrojecía su nariz y Hanna hacía por cubrírsela, intentando meterla en su propio cuello. Llevaba el pelo además escondido bajo la capucha verde de la guerrera, la mochila roja colgada de los hombros. Era una chica menuda.

El modo de caminar de Hanna se hallaba en ese punto de tránsito que desplaza la ternura hacia el pánico: pasos cortos pero siempre en una dirección imprevista, como quien otea el camino con un palo.

Tenía miedo de mirarla, de ver cómo se distraía con esos pasos inconstantes, cómo se alejaba de mí, paulatina, definitivamente.

Se había quedado unos días en mi casa, unos días largos, larguísimos… desde nochevieja. Y hoy era tres de enero, enero de un nuevo año, un periodo, sin duda, incierto (tanto el que habíamos vivido como el que estaba por venir).

Caminábamos hacia la estación de tren. Ella no quiso que cogiéramos un taxi. Llegábamos con retraso, pero ella parecía no estar pensando exactamente en eso.

—¿Quieres que te lleve la bolsa? –le pregunté, haciendo como si fuera algo sin importancia, como si le hubiese dicho algo del tiempo o de las noticias locales, un chismorreo, una tontería. No quería hacerle ver que tenía miedo, un miedo inconcreto. No se trataba de una desconfianza hacia el futuro, hacia ella, era una desconfianza pura, dirigida hacia mí mismo, hacia mis propias capacidades. O acaso para anular la conciencia de la demora, que había sido por mi causa.

Además, por alguna razón, temía que apareciese la ira en nuestras palabras (en las mías, en las suyas, daba igual); la había visto antes –la ira–, un conato de ella; lo suficiente como para temerla.

Hanna se negó muy perezosamente; eso sí, mientras, seguía mordiendo el cuello de su guerrera verde.

Querrá abandonarme, pensé, por eso no quiere que toque nada suyo. Se ha cansado de mí, está bien, lo entiendo. Y comencé a mirar la luna, que había aparecido de improviso en el lado izquierdo de la carretera, aprovechando la venturosa inmensidad de un terreno vacío.

Se notaba que la mochila era pesada. Pues Hanna encogía mucho el pecho. Aunque también era innegable el frío, el viento gélido que azotaría sus mejillas, que las pondría muy rojas. Aunque ahora no podía verlas –las mejillas–, porque ella escondía la cara dentro de la guerrera. Se había puesto además la capucha.

Hice un gesto, otra vez, como para cogerle la mochila, para liberarla de ese peso. Pero Hanna no pudo verme, pues estaba concentrada en los adoquines del suelo, en sus pies que jugaban con las líneas, con los cuadros, abriéndose, cerrándose. Ahora acababa de pegar un saltito.

Me dio miedo que se tropezase, por eso la cogí del brazo. No hubo ninguna otra razón, solamente pensé que ella podría morir si se tropezaba, si caía, si el peso de su mochila la arrastraba hasta la carretera, si la atropellaba un coche…

Ella no hizo ningún intento por apartarse de mí. Solamente dejó su codo muerto, unos segundos, y me dí cuenta de que era estúpido abrazarla entonces, no le habría abrazado a ella, no más que hubiese podido abrazar una capucha verde, que escondía un rostro, una cara, unos mofletes rojos. Y a la mochila, pesada y enorme, con dos asas negras que colgaban de sus hombros.

Hanna se detuvo.

Hanna rebuscaba en el bolsillo interior de la guerrera verde.

Aguardé un poco, por respeto. Esperaba que me dijese: bien, ya puedes marcharte, continuaré sola hasta la estación. Estaba dispuesto a aceptarlo.

Pero ella sacó un cigarrillo, y me dijo “¿quieres?”. Lo dijo con rapidez. Como si le costase dejar que saliesen sus palabras, y al salir estas, saliesen necesariamente escopetadas.

Yo no quería fumar, pero pensé que ella podría interpretarlo como un desprecio. Y sería peor. No, sería definitivo.

Demasiadas imprecisiones, pensé. Y además, aquello que le dije. No tendría que haberlo dicho. Aunque no fue con esa intención… con la que hubo ella de interpretarlo,

—Claro, claro, dame uno.

Ella me dio además el mechero. Solo sacando las yemas de los dedos de las mangas de la guerrera. No conseguí rozar siquiera sus manos. Noté el tacto árido de la guerrera verde, y me fijé en la bandera alemana que llevaba justo en el hombro izquierdo.

Pensé por qué habría comprado Hanna esa chaqueta.

Hanna despedía un preciso olor a magnolia. Era por las cremas que había visto que ella se echaba por el cuerpo, al salir de la ducha. Se ponía varias, pero solo me había fijado (o me había fijado precisamente) en el olor a magnolia de una de ellas, era la que solía frotarse sobre el pecho, quizá para darle robustez a sus senos. No lo sabía.

Al lado de la avenida por donde caminábamos –el lado derecho–, había casas grandes rodeadas por inmensos terrenos vacíos. Parecían deshabitadas.

Hanna buscaba ahora con curiosidad algo de vida en sus ventanas. Había pinos muy altos, muy frondosos con esas copas globulares achatadas en el centro. Muchas hebras cubrían el asfalto de las entradas.

–¿Vivirá alguien ahí?

No supe qué contestar. Hice un gesto con los hombros. Ella no pudo verme, pues me daba la espalda.

Pensé que ella buscaría una señal: una marca de neumáticos, el papel de alguna chocolatina, una colilla reciente… pero todo era polvo en esas casas altas y viejas. Las cuadrangulares y desproporcionadas ventanas estaban sucias, muy sucias.

Por aquella carretera pasaban algunos camiones cargados de tierra. Era normal que la fuesen perdiendo por el camino, que esta –la tierra de todos y cada uno de los camiones– se fuese acumulando, grano sobre grano, tratando quizá de borrar la definición de las cosas, volviendo impreciso el contorno de una torre –al lado de uno de los chalets–, borrando la punta de una veleta –sobre el tejado de otra casa–, etc.

Hanna volvió a esconder la cara en el cuello de la guerrera.

El cielo comenzaba a ahogarse en la oscuridad de las montañas y aun con las luces débiles de las farolas se hacía difícil distinguir la monstruosidad de formas que habitaban a lo lejos.

Había un poco de niebla, pues eran casi las siete de una tarde de Enero.

—Voy a contarte un chiste.

Ella hizo un gesto con los hombros, mirando el suelo, como si me advirtiera de la inutilidad de mi propósito.

—Es de un hippie y una monja.

Me reí estúpidamente, dándole un leve codazo a Hanna, exagerando.

—No me gustan los chistes de hippies -exclamó ella mientras lanzaba el cigarrillo a los huertos.

Iba a hablar, estaba preparando una réplica, pero Hanna me interrumpió:

—Tenéis suerte los que vivís aquí ¿sabes? –y señalaba las naranjas de los huertos-, podéis cogerlas si tenéis hambre. Eso no se puede hacer en Madrid.

—¿No quieres oír el chiste?

Ella hizo un ademán, con el hombro (parecía no querer sacar las manos de los bolsillos), parecía tener mucho frío, así que le dije:

—Puedes meter las manos en mis bolsillos –ella caminaba como si sus pies golpeasen ahora piedras imaginarias–, si quieres, claro…

Negó una vez tras otra. Podía escuchar la fricción del cuello de su guerrera verde y el tosco golpear de sus botas en el suelo.

De repente se rió, y abrió la boca; creo que iba a decir algo. Pero se quedó callada.

Se estaba riendo de mí, no había duda, me estaba diciendo “vete, no esperes a que tenga que decírtelo directamente”.

Pero seguimos caminando. Uno al lado del otro.

Noté unas primeras gotas, leves.

—Está lloviendo, Hanna…

Ella levantó los hombros, dando a entender que le daba igual.

Hanna se había encendido otro cigarrillo (fumaba demasiado). Y esta vez no me había ofrecido. Aunque sí hubo de pedirme fuego (pues me había dado antes su mechero).

Va a constiparse, pensé, porque comenzaba a llover con soltura y la noche había caído. Entonces saqué la mano del bolsillo y comencé a frotarle la espalda con los guantes, tratando de darle todo el calor de que fuera capaz.

Ella no me rechazó, pero al desplazar mi mano por su espalda curvada sentí la longitud de una circunferencia inasible. Y lo dejé pronto.

Hanna seguía atareada dando zapatazos al suelo y permitiendo que su cuerpo menudo se bambolease (me dio la sensación de estar achuchando a una niña, una niña salvaje, inhabituada a las caricias, al amor).

—¿Quieres mis guantes?, le pregunté.

—Qué demonios es eso –espetó Hanna de improviso, sacando la cabeza de la guerrera, estirando el cuello, señalando con su cigarrillo a medio consumir, todavía con la ceniza oscilante y combada.

Parecía una rotonda (¿una rotonda? pensé, ¿cuándo la habrían construido?). Parecía nueva, el aspecto de los azulejos que la decoraban por el borde era blanquiazulado. Había una estatua en ella, o algo parecido: un bulto enorme.

No parecía ser el típico motivo ecuestre, ni glorioso, tan solo era una bola de hierro; en el mismo centro de la rotonda, rodeada de una tierra infértil que prometía nunca llenarse de flores.

Iba a decir algo, pero me abstuve; tenía miedo de provocar la tristeza en Hanna. No sabía por qué, pero todo aquello era pavorosamente feo, así que pensé que si hacía algún comentario sobre ello Hanna se entristecería. Y me callé.

Era más bien una escultura (lo que había en el medio de la rotonda), una especie de redondel con las junturas imprecisas, una bola del mundo agujereada. Algo así. En aquel momento me quedé quieto, mirando la esfera. No es que nunca hubiese visto una esfera, sino que era tan real que daba pavor. Aquella escultura en forma de esfera echaría por la borda todos mis recuerdos de aquel sitio, de aquella carretera, de Hanna. Sería imposible de olvidar a partir de ahora.

Sin querer me fijé en muchas otras cosas que había dejado pasar de lado. En la avenida, que era larga y estaba llena de árboles: eran sauces llorones, cómo no me había dado cuenta antes. Tenían estos árboles un rasgo de mortalidad bastante impreciso: con las ramas cortadas como al desgaire, con el tronco mustio de puro blanquecino, y esas heridas que dejan en el tronco los injertos. Viéndolos ahora en sucesión, uno tras otro, acumulaban una molesta imagen decadente, casi de anticipación de algo malo: del fin, de Hanna, mío, del mundo como materia inarmónica.

Así que me puse nervioso, muy nervioso.

Hanna, por el contrario, parecía estar de mejor humor. Incluso caminaba rápido ahora. Tuve que cogerla de la mano, para que cruzase de un modo seguro la carretera (no sé por qué lo hice, pues solo deseaba que todo se detuviese, que ella me dijese algo, me abrazase, me dejara contarle ese chiste, me ofreciera un cigarrillo…).

Hanna miraba la esfera como quien ha descubierto un secreto y no quiere confesarlo.

Su mano estaba fría, tan fría como pueda estar un trozo de acero echado sobre una capa gruesa de nieve.

—Cuidado, Hanna, cuidado.

Hanna se había agachado. Pensé que hubiera de atarse los infinitos cordones de sus botas, pero lo que parecía estar haciendo era comprobar el ángulo de la esfera, otear sus sombras, buscar el anclaje que la sostenía al suelo. O, al menos, eso es lo que suponía, pues no hacía más que preguntarle, y ella no me respondía.

—Hanna, Hanna, Hanna…

Se ha acabado, pensé. Ahora sí. Se ha acabado.

La vi sonreír, noté cómo su mano me apretaba fuerte. Sacó su otra mano del bolsillo y echó a correr hacia la esfera, tratando de llevarme tras ella.

Está claro, no hay nada que hacer…

Le solté la mano, empujándola. Ella echó a andar a saltos, hasta tropezarse y caer al suelo y volver a levantarse. Pero no se giró (no, no lo hizo, ¡maldita sea!) y siguió corriendo, corriendo. Siempre hacia delante…

Yo hice lo mismo, solo que buscando la seguridad de la otra dirección, contraria a la que había tomado Hanna.

Hubo un murmullo atroz: un intercambio de gritos, insultos, lamentaciones, lloros.

Todo se convirtió en negligente velocidad, vertiginosa, alarmante, verdadera, y todo giraba y giraba y giraba… y eso aún sin poder desprenderse de algún punto cercano al suelo. Me tropecé o me resbalé, o simplemente quise caerme, y entonces me caí.

En algún momento unos brazos vinieron al rescate (o eso es lo que yo pensaba), agitándose, unas manos frías y pequeñas. Solo que, como me temía, no eran esas manos las manos de Hanna. O no lo parecían. O lo que es peor: no las reconocía, jamás las reconocería (hube de darme cuenta enseguida). Eran unas manos como tantas otras manos: rojas, pequeñas y frías.

Pero de un menudo bulto verde surgió una voz: “¿Me devuelves el mechero?”. Su voz no era de desprecio ni de indiferencia, era el tipo de voz que uno utiliza para acometer gestiones necesarias, ineludibles, con una pura retórica falta de estima o afecto.

No podía reprocharle nada. Y se lo di, y me cubrí la cara con los guantes. Esperé por un golpe fuerte, tremendo, un golpe de amor que no se produjo. Entonces sí supe que todo había terminado.

Y Hanna, entretanto, se alejaba fumando, sus pies caminaban con determinación, del modo que acometemos con alegría una rutina conocida. Como si, de repente, hubiese recordado que iba a perder el tren. Y nada más le importase ahora.

Incluso la lluvia se detuvo, igual que si ella se lo hubiera ordenado.

La tarde ya me pareció ser noche abierta y totalizadora. Era incapaz de ver la luna por ningún sitio.

Allí seguía la esfera, concreta y fulminante, en la rotonda, atada fuertemente a una tierra infértil, como si toda opción fuese definitivamente imposible. Y quise fumar, pero no tenía con qué encender el cigarrillo. Y esperé, esperé por algo, aunque no sabía qué era aquello que estaba esperando. Hasta que me acordé de algo (algo que yo le había dicho), un asunto urgente que debía ser resuelto con celeridad (o no ser tratado en absoluto). Y eché a correr (eligiendo, en principio, la opción primera), con firmeza, en dirección a las vías de los trenes. Con la absoluta certeza de que, como siempre, llegaba tarde, para cualquiera de las dos cosas.

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