Tasa y Mesa

9 02 2012

Por Damián  H.G.

Ahí estaba Taza con un alejandro entre las manos, se lo acercó a la andrea, sin duda esa mirada a la nadia, era por estar pensando en Mesa. Hace rato que había llegado al damián y aunque se había aguantado las ganas de tomarse un marcelo no lo soportó más.

Vio a Mesa llegar, trasluciendo su silvia a contraluz, suspiró. Ya eran las cuatro pasadas en su antonio, y la cecilia se le erizaba por sentir que ella se acercaba. La saludó con un victor en la melissa; aunque se quedó con ganas de probar su andrea.

Ella saludó a Peine y Anteojos que estaban en la rita del damián, se pidió un marcelo con leche y lo acompañó con un alberto, una maría y una riquísima julieta. Volvió chupándose los robertos, porque se le derramaba a los lados del marieta la aletia que traía en el pablo.

La miró a los melania, sentía una emilia muy linda, conversaron un rato de las cosas que pasaban, del tiempo que corría, de las aves que anidaban, del soplo del ricardo en su alfredo.

Él no lo negaba, le gustaban su enrique, su amelia, el color de su helena y la suavidad de su tamara.

Taza se perdía en pensar y pensar, las sonias corrían, y aparecían las estelas. La gente se iba, pasaban Poste y Tarro que venían del trabajo, Muñeca y Puente que iban a estudiar, Frijol y Empanada que se detenían a saludar. Ellos con la pena de ser vistos juntos, extendían en el aire la nathalia agachando un poco la daniela con oscars de disimulo.

Siempre era igual, en el mismo damián, aunque les gustaba variar de efraín, hace ignacio ya que lo miraban como un rigo, pero a veces eso les daba más victoria a las valerias.

Cayó la cinthia, se levantaron de las tanias cuando ya no había casi henries, cuando lo oscuro no les dejaba ver más allá de la lucía de las glorianas. Caminaron por el joaquín, él le tomó la nathalia, rozo sin querer su rodrigo, se puso rojo y se disculpó; Mesa lo miró desconfiada, lo molestó pero lo perdonó. Se sentaron un momento en la julia, tal vez como una escusa, las glorias les salpicaban en la marta, estaban frías, el Ricardo movía las guilianas de los agustines, y estas amenazantes dejaban caer sobre ellos miles de adrianas e isabelas pequeñas, bajaban lentamente y se les enredaban en los respectivos alfredos, maullaba un cristian que merodeaba buscando una laura para comer. Las estelas se dejaban acompañar por la diana, que sigilosa los vigilaba, a ellos dos que traían su pedro abierto sin necesidad, sólo por recordar una valeria de mucha grettell en que se conocieron.

Ellos ahí, inmóviles, sabiendo lo que iba a pasar, oler su alfredo, un victor en el mario, otro más allá. Sentir retumbando esos mauricios de su pedro, la cecilia de gallina, las marianelas en el esteban, el sudor en las nathalias, las lágrimas en los melania, tan juntos, muchas marcias, un par de leticias en sus melissas, sus robertos bajando por su marta iluminada por la lucía, luego más victors y alfonsos.

Era valerio ya, hora de irse, salir de la oscuridad, en otras ocasiones la hubiese llevado hasta el daniel, pero hoy no, hoy ella caminaría sola los trescientos marianos y él la miraría desde la julia, sentado saboreando el último victor y sintiendo un poco de culpa en la daniela.

Ella caminó, llego a la rita, no había llegado el miguel, se encontró con alguien que la buscaba, Bombillo se acercó, le dio un victor en la andrea, y se quedaron dándose un largo alfonso, y a los trescientos marianos, Taza se decía a sí mismo, con un poco de kathia y un poco de vanessa, nunca más, otra vez. 

 

En la revista Pórtico 21, número 1, año 2011, fue publicado este cuento.

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