Una compañía poco deseable

14 06 2013

 

Hoy en Pórtico 21 compartimos Una compañía poco deseable, un cuento escrito por Javier Rodríguez.

Paso tras paso se abría camino sobre una vieja y quebrantada acera, la luna menguante lanzaba sus débiles rayos de claridad sobre aquella simple silueta y justo al frente, una puerta en lo que parecía blanca, interrumpía el apurado paso del hombre; tras detenerse frente a esta, el rozar de las llaves unas con otras llenaban con su fino sonido el gran vacío y silencioso ambiente nocturno. La claridad era poca, aun así, con sus manos acariciaba suavemente las distintas llaves que en su poder tenía, ya no necesitaba mirarlas para lograr reconocerlas, así que tras elegir la indicada, la colocó en el llavín y giró de ella. El sombrío crujir de la puerta le siguió tras abrirse, adentro todo parecía estar mucho más oscuro, sin embargo, después de tocar delicadamente la pared en busca de algo, sus dedos se toparon con un objeto algo familiar, un sencillo interruptor que al sentir el cálido tacto de aquel sujeto, liberó la incandescente luz de una vieja lámpara en el techo, ahora con un ambiente un tanto más claro, lo primero que observó delante de él, fue a un amplio espejo con marco de madera, era un espejo grande, quizás más alto que su propio dueño y en su interior, el hombre miró alegremente a su reflejo.

―¡Buenas noches! –saludó al espejo, pero su reflejo no le respondió.

En medio del profundo silencio borró su fingida sonrisa y con sus cansados ojos miró a su alrededor, desde sus viejos y finos muebles, sus esponjosas alfombras de sala y sus extravagantes figuras de adorno que gustaba coleccionar; contempló todo cuanto estaba frente a él, pero muy en el fondo no logró observar aquello que en realidad quería mirar. Al final, su vista terminó su paseo nuevamente ante aquel espejo, al parecer el hombre lo había colocado a propósito frente a la puerta, para así cuando él llegase a su casa cada noche, lo primero que viese tras abrirla fuera a su propio reflejo, y así quizás poder fingirse a sí mismo de que alguien más se encontraba allí. Alguien que estaba esperando pacientemente a su regreso. Alguien que tal vez lo hiciera sonreír al final del día. Alguien que pudiera llenar el gran vacío que había en su corazón. Alguien que tan solo le diera algo de compañía.

Sin embargo, rápidamente se dio cuenta de que es muy difícil engañarse a sí mismo, fácilmente podía llegar cada noche y mirar a alguien frente a él, pero bajo el velo de su propia mentira, sabía que no habría nadie que respondiese a sus palabras. Nadie que tocara sus manos o que a su vez pudiera darle un abrazo. Nadie que tras contarle algo gracioso o mirarlo a la cara lo hiciera reír. Nadie que con sus pasos llenara de alegría los rincones de su casa. Nadie… Simplemente nadie.

El hombre resignado por su realidad, dio un suspiro de cansancio, mientras lentamente se quitaba su gastado saco marrón; después lo tendió sobre uno de los sofás de la sala, para que finalmente sus pies decidieran llevarlo hasta la cocina. El eco de sus pasos resonaba en medio del inmenso silencio de la casa, un rostro triste y extinto iluminaban su apagado semblante; había empezado nuevamente su simple rutina nocturna y la costumbre de nuevo manejaba a su cuerpo tal y como lo haría un marionetista con su marioneta, ya él no pensaba en lo que tenía que hacer, simplemente su cuerpo lo hacía por costumbre. Al llegar a la cocina encendió la luz que a esta zona correspondía y lo primero que vio fue sobre el lavado a un grupo de trastes sucios que esperaba pacientemente a su regreso. Siguió caminando y a mitad de su tramo, sus pies tropezaron con un peculiar plato que se encontraba sobre el suelo. Debido a la fuerza del choque, aquel objeto fue impulsado contra una pared; el hombre se acercó a él, lo miró fijamente e inmediatamente se agachó para recogerlo. Sonrió al mirarlo entre sus manos, traía la imagen de un gato impresa en el fondo y pertenecía a su querida mascota, sin embargo, hacía días que el plato permanecía vacío sobre el suelo. Hacía días que su fino maullar se había vuelto mudo. Hacía días que el gato ya no se encontraba en la casa ya que lamentablemente había fallecido.

El hombre dejó de sonreír, presionó con gran fuerza el plato de su mascota y con un rostro lleno de ira se levantó y corrió hasta donde el espejo. Se colocó frente a este y con fuertes gritos le reclamó a su reflejo.

―¡¿Qué acaso tú no te sientes solo?! ¿Qué acaso no te incomoda el silencio?

Pero su reflejo seguía sin responderle. Su cólera aumentó a gran escala, provocando que en medio de su enojo, lanzara fuertemente el plato de su gato contra aquel espejo; el impacto fue tal, que este se rompió en decenas de pedazos y con él, decenas de reflejos cayeron al suelo, inundando con sus estrepitosos sonidos los rincones de aquella sala. El hombre con ojos sollozos, se dejó caer de rodillas y en silencio quedó observando los restos del espejo, su cabizbaja silueta permaneció inmóvil sobre la alfombra de la sala, hasta que llegado el momento, el cansancio lo derribó allí mismo y le cobijó con el suave manto del sueño nocturno….

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