El Quizarrá

7 08 2013

Autor: Bryan Montero Salas

Daremos inicio a la peculiar historia acercándonos a conocer sobre este tipo de árbol. Una palabra de origen huetar denomina a esta especie nativa del noroeste, cuya familia es bastante numerosa. Existe el Quizarrá aguacatillo, esto por la similitud en sus hojas y constitución general con el Lauráceo de frutos de carne jugosa y suave como mantequilla; asimismo, el Quizarrá zorrillo, por sus hojas fibrosas e impermeables, apetecidas por el astuto animalillo para construir su hogar; el Quizarrá clavo… en fin, la lista es extensa. El ejemplar que nos ocupa pertenece a la segunda especie mencionada; alcanzó tal vigor que la circunferencia de su follaje ensombrecía casi en su totalidad el costado izquierdo de la casa, y era cimentado por un tronco que requería tres hombres tomados de las manos para abrazarlo con dificultad, tanto por su diámetro, como por el hecho de que se erguía a muy corta distancia de la tapia.
Bernardo había sido redituado con la casa como única herencia de su avejentado tío. Era una suntuosa mansión construida casi en su totalidad de Laurel. Lucia sutiles, pero evidentes y genuinos tintes victorianos, los detallados arcos y los doseles, que en su tiempo fueron como las nubes en su blancura y esplendor, así lo atestiguaban.

El frente de la casa era motivo de orgullo para su acaudalado dueño anterior: jardines, senderos bordeados, exóticas flores y la fuente de mármol importada en cuyos restos hoy apenas se identificaban resquebrajadas las facciones de una Atenea trabajada con gran talento, de rostro perfilado y gesto iracundo que miraba hacia el sur tras las rejas de hierro fundido. En la esquina opuesta figuraba el antípoda de este monumento; diagonalmente de hallaba la escultura de la madre naturaleza, cuya sombra benevolente y ramas que daban albergue a los agüíos, contrastaban en su vernaculidad con la escultura blancuzca y foránea.

No obstante, todo esto figuraba ya solo en el recuerdo de los que conocieron la casa hace ya medio siglo. Cuando el notario citó al sorprendido heredero y le brindó la escritura del inmueble, topó con la casa tomada por los años, putrefacta, con madera mohosa, un árbol descomunal que había roto el alto muro de piedras incrustadas, entre las que ahora penetraban las monstruosas raíces y los alrededores hechos una pequeña selva, por la labor interminable y cómplice del paso de los días y la biodiversidad del trópico, que no tarda en recuperar lo que fueron sus dominios en poco tiempo, irrumpiendo lenta, pero atrevidamente con las enredaderas, las lianas…

Cortó con la cizalla el candado y caminó por los apenas perceptibles adoquines de la entrada. A su diestra se mantenían en pie las informes ruinas de la escultura-fuente y a su alrededor el agua verdosa que antes fluía, y que ahora reposaba para dar cabida a cientos de renacuajos y larvas. Empujó la robusta puerta de la estancia y topó con una escena de abandono, polvo y añejos recuerdos, cristales rotos, paredes grafiteadas, y los restos de una fogata en el centro de la sala, en la que probablemente se habían consumido infinidad de enceres para combatir el frío de la noche, o las noches…

Finalmente, tras haber digerido todo con la percepción de sus sentidos, caminando en el balcón comenzó a realizar hipótesis pensando en voz alta:
—¿Remodelación? Es una locura, todo el segundo piso está falseado y la madera en su totalidad era irrecuperable. ¿Conservarla de ese modo? Con qué utilidad…

Luego de algunas consideraciones decidió venir con su esposa e hijo, y la cámara para documentar los últimos vestigios, de los que se desharía para vender el céntrico lote esquinero.

Bernardo era un tipo sencillo, poseedor de esa conformidad que solo ostentan los de espíritu manso. Lo que no esperaba era que su tío se acordara de él, con una propiedad de la que solo tenía algunos disímiles recuerdos de la niñez y que desconocía hasta hace unos pocos días, pues sus posesiones eran tantas…

El sábado por la tarde trajo a su familia, Constanza, la de cabellos de fuego, no parecía muy a gusto en aquel desvencijado sitio colmado de hiedra. Caso distinto era el de su hijo, quien disfrutaba al máximo cada rincón del lugar; desde el balcón imaginaba desmesuradamente, como solo los niños pueden hacerlo con toda la premura de sus sueños en esta hermosa aurora de sus vidas, que luego se marchita con el otoño de la juventud, y se corroen todas las constricciones de pureza que antes nos llenaban de colosal energía.

La fotografía era un sueño que aguardaba por llevarse a cabo en ese recinto secreto que son las inquietudes dentro de la mente humana. Aquel fotógrafo apenas tuvo la posibilidad de adquirir una buena cámara, no desperdiciaba una buena composición fotográfica que la luz plasmara ante su lente; lo que en este lugar disfrutó hasta la saciedad toda aquella tarde.

Incluso su pelirroja cónyuge y su primogénito fueron documentados en el tiempo por la magia fijada en el retrato fotográfico, que asimila al vino, en tanto crece su valor al deleitarnos progresivamente con el paso del tiempo, cuando contemplamos con nostalgia reviviendo paralelamente recuerdos cifrados en cada imagen, es un proceso fascinante, que equivale a detener y fijar los momentos que a veces se filtran y escapan de la memoria, quien se encuentra sorprendida de manera constante al conjugar los nuevos hallazgos sinópticos…

Tres semanas más tarde ya había regalado gran parte de la casa como leña a unos vecinos. Contrató una draga y una vagoneta de la constructora para despejar la propiedad. Así sucumbían ante el monstruo de acero en un santiamén las edificaciones que ya había comenzado a falsear pacientemente el tiempo. Contempló la mano quebrada de Atenea apuntando hacia el cielo entre la tierra negra de la vagoneta, figuraba cual sepulcro de derrota; asimismo el enorme espacio libre sobre el que estuvo emplazada la mansión.

—Señor, solo queda el palo y el muro viejo de piedras, ¡usté dirá! –gritaba el maquinista.
Él comunicó que la tapia se conservara como cerca y como límite, que solo quitara el viejo árbol. Aunque ambos ya eran uno, se habían fundido en un lento e imperecedero abrazo.

Le producía cierto placer y satisfacción observar la maquina limpiando con tal eficacia el espacio, sin embargo, algo curioso e inquietante ocurrió en medio de aquella muestra descomunal de fuerza destructiva. En el desprendimiento de la enorme raigambre del robusto Quizarrá, apareció una caja que yacía en una de las hendiduras del irregular tronco; la que daba precisamente al muro empedrado. Ante el avistamiento gritó e hizo gestos de pausa mientras se dirigía al tumbado gigante, para sacar de sus cimientos aquel inesperado objeto. Removió la tierra húmeda con sus manos y apareció entre la grieta del tallo la esquina oxidada de aquel inusitado cofrecillo.

Era una caja de latón de unos cuarenta centímetros de ancho por unos treinta de alto, bellamente adosada y con la cerradura herrumbrada, al igual que la mitad que estuvo expuesta a la intemperie por algún lapso. La colocó en un saco viejo y la llevó consigo a su casa. Ya limpia la contemplaba en su escritorio con una curiosidad que le carcomía dentro por saber cuál era el contenido del arca, que ostentaba ahora ya visiblemente, en el costado frontal las iniciales V. Y., detalle que dotaba aún más de misterio al asunto. Tiempo después recordó el nombre de su bisabuelo: Valentino Yglesias, por lo que llevaría la caja con su abuela para averiguar más al respecto.

Logró concretar la exhibición del lote en una corredora de bienes raíces, en la que se cotizaba por un buen precio, lo que lo acercaba al plan que había venido fraguando… Decidió ir por la tarde a visitar a la adorable anciana que había sido su madre, tras la muerte de su progenitora, alrededor de sus doce años. La casa verde claro, atiborrada de flores y helechos le esperaba. Y de la cocina, como era habitual, emerge un delicioso aroma a roscas recién horneadas.

—¡La maldita caja! –dijo–. ¿Cómo puede ser posible?, entonces sí existía…

El pequeño contenedor había conjurado en la pasividad común de la señora, la mayor de las exaltaciones y aireadas cóleras. Bernardo fue por un vaso de agua con Siete Espíritus y cuando el semblante de la abuela volvió a la normalidad, recapituló el suceso y preguntó por los cabos sueltos.

Un alambre, el W40, y cinco minutos de forcejeo desentrañaron ante doña Emilia y su nieto el angustioso y terrible secreto guardado por décadas y reducido a habladurías familiares que se destiñeron con los años…

Con el chirrido de la bisagra aparecieron los restos de una bolsa de papel, unos documentos sellados por un notario, un tal Montealegre; una viejísima manta con una mancha bermellón hacia el centro y algunas viejas joyas de mas bien tosco quilataje, todo mostraba respetable abolengo y antigüedad. Casi con carácter ceremonial la septuagenaria tomó la manta y la extendió, tras lo cual comenzó a rememorar susurrando muy bajo, como para sí misma… Con su mirada perdida comenzó a ubicarse…

Corrían los convulsos años veinte, el país se agitaba en el vaivén de las tensiones sociopolíticas de los aristócratas y los obreros. Su padre Tino Yglesias, ávido negociante, un visionario que con su buen olfato había llevado sus inversiones como espuma sobre la jarra de cerveza. Tenía cierto apellido y una arrogancia pretenciosa que a veces se le escapaba.

De sus tres hijos, el menor fue el heredero de ese instinto, que era como una brújula para el trueque; sin embargo, poseía una parte oscura que se manifestaba desde niño cuando maltrataba con placer a los sabuesos de la hacienda. Esta línea se perfiló en su juventud cuando cortejó a la hermosa señorita Jacinta Mora, quien pertenecía a una familia, de esas estiradas de la capital. Con el tiempo su barriga delató la jugarreta del bandido, ante la tentación que generaban los brotes de la pubertad en la damisela. Él negó todo rotundamente y ocultó las pruebas de un modo muy hábil.

Dejando una mujer desgarrada, dos familias enemistadas y una jauría de rumores, partió hacia Bélgica a licenciarse en derecho, como era costumbre en la época…

Al regresar lo único que había cambiado en aquel hombre era su manera de vestir, con los trajes importados que ostentaba. Volvió al pequeño país para reclamar lo suyo al recibir una carta que le informaba la grave enfermedad que acortaba las horas de su padre.

El regio hacendado confiaba en la voluntad de su hijo para encargarse del testamento, pues solo faltaba citar a sus hermanos y leerlo para hacerles saber los términos de su repartición, su notario José Ángel Montealegre tenía todo listo. Con lo que no contaba Valentino era con la siniestra sagacidad de su hijo. Días después desaparecieron los documentos bajo extrañas y violentas circunstancias que dieron como resultado la secreta gestión de un nuevo testamento del que se encargaría el flamante abogado de título europeo.

Tres meses más tarde sus hermanos recibían prácticamente despojos en una nefasta auditoria en la que se selló la desgracia que se perfilaba sobre los Yglesias, reviviendo el adagio lo que por agua viene…

A los siete días de esta confrontación expiró el Guayacán de los Yglesias, como le conocían, y con la culminación de su pomposo sepelio, los ojos chispeantes de los hermanos se vieron de frente por última vez, no sin antes saborizar el adiós con juramentos entre dientes y groserías a media voz…

—De modo que fueron años duros mamá –puntualizó Bernardo.

La venerable mujer asentía diciendo que su padre era un viejo tosco y cascarrabias, como los viejos de antes. Nunca supieron con certeza cuantos terrenos y posesiones tenía, sabían de fincas en la zona norte, en el sur frente a la playa de Puerto Jiménez, en fin, el viejo prescribió las condiciones para un desenlace tan funesto como el que acaeció. Padre e hijo padecieron horrorosamente en sus últimos y tísicos días. Se pagaron médicos destacados, las enfermeras más eficientes y bien parecidas, en fin… No existe dinero ni fuerza humana que logre contrarrestar los designios de la inextricable muerte, ambos fueron arrancados de raíz; días los vieron crecer, noches los llenaron de ilusión, germinaron, florecieron y se marchitaron en este maravilloso y contradictorio jardín donde crece junto lo bueno y lo malo para compartir un breve cuadro en el entremés de la existencia.

Bernardo fue el consentido del abogado, pues tenía sus mismos ojos moteados de tonos avellana, de los que se fugaban destellos si se les miraba a contraluz, aunque dicha predilección por el chico triste y encantado, de Beatles, Caña legui y maravillas… que jugaba a la pelota, del 49585… fue truncada cuando la familia viajó lejos por motivos laborales esa temporada.

—Hay quien dice que los árboles mueren de pie, aunque solo el Quizarrá lo hizo valer, pues el Guayacán y su hijo de tronco torcido evidenciaron paraderos muy distintos –dijo Bernardo sonriendo tristemente mientras sacaba las joyas pertenecientes a su bisabuela de la caja y traspasándolas a la siguiente generación, al colocarlas en las manos de doña Emilia.

El terreno esquinero de la alameda segunda fue bien vendido a un consorcio argentino que planeaba un centro comercial. Este negocio fue la llave con la que montó una exposición temática de algunos de sus trabajos en una importante galería del centro, que logro cierto éxito y la atención de algunos conocedores del oficio, pues resultaba innovador trabajar mediante técnicas de revelado bastante creativas, texturas con diferentes planos de iluminación sobre superficies que nadie imaginaba pertenecían a un árbol… Con ello estuvo más cerca del sueño que rumiaba en sus momentos libres.

Pasada la inusual apertura de la exposición titulada El Quizarrá, todos comían sonrientes aquella tarde calurosa bajo los árboles de hojas crujientes, las roscas con un velo de azúcar en polvo y un café sin endulzar, de sabor tal que levantaba a un muerto.

En medio del pichel esmaltado y la azucarera de porcelana figuraba aquella ferrosa caja de pandora que tan acre episodio había revivido de las memorias enterradas, que en su momento estuvieron en la mente como marcas hechas con hierro al rojo vivo, y que hoy se iban con la brisa de la muerte enamorada, que ronda como un ángel asesino…

Y el ritual una vez más conjuraba la magia del recuerdo, esas sombras que aprisionamos en nuestro palacio de cristal, los libros, las canciones y los pianos, el cine las traiciones los enigmas… los misterios… el amor… que al no cumplir cerrando todos nuestros ojos, nos arrinconamos casi placenteramente al lado del camino… aunque en este caso Bernardo sí llevó a cabo de manera muy peculiar.

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