El tornado y los desconocidos

5 02 2014

Autor: Roberto Cambronero Gómez

“El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas”.
Ovidio

 

La predicción de su jardinero, un anciano hombre quien aún sin educación alguna sabía más que cualquiera que la señora Anastasia conociera, no le pareció plausible. El hombre podía saborear la tierra para saber que debería sembrar y adónde, leer el canto de los pájaros para saber cuándo iba a haber un eclipse y con exactitud recitaba el día que iniciaría la siguiente estación del año. Aun sabiendo esto, Anastasia no le creyó cuando predijo un cataclismo y una tragedia.

—Vienen mano con mano –se lamentó–. Me han zumbado los oídos mientras trabajaba en la huerta. Cuando toque la manija de la puerta principal sentí escalofríos que me envolvieron el cuerpo.

—¡Pues definitivamente tienes razón! Si por los nubarrones negros, el hecho de que ha llovido toda la mañana, estoy de acuerdo contigo: será una noche de mal clima –se burló.

—Espero que así sea, señora, espero que así sea, continué con ese sentido del humor… Bueno, esto ha sido todo por hoy, me despido.

—Adiós, cuídate de los malos espíritus –soltó una risotada mientras el hombre salía de la casa capucha en mano y con preocupación en la mirada.

Caminó por el sendero enlodado, con cada paso podía ver que el mismo suelo estaba aterrado: —Una catástrofe vendrá acompañada de un brutal incidente –vaticinó–. Esta tierra será su testigo.

Adentro de la casa amarilla, el calentador se aseguraba de que su habitante estuviera cómodo y el techo de que estuvieran seco. El resto del día transcurrió con la pereza que un día lluvioso amerita. Anastasia jugó cartas con su marido, se rieron al contarle sobre los malos presagios del jardinero y bebieron té caliente. Conforme pasaban las horas, empezaron a temer que tuviera razón: el agua empezó a acaudalarse en el sendero, adquirió una presencia amarillenta.

Con alivio, escucharon como los golpecitos en el tejado desistieron y los charcos empezaron a secarse. Una calma enorme los invadió, entonces se fueron a recostar en la cama. Cuando el estupor los iba hundiendo en un pantano meloso, la puerta los interrumpió. Al bajar se encontraron con un joven nervioso.

—Sargento, un robo acaba de ocurrir en el pueblo. Despojaron al boticario de toda su mercancía y dos lingotes de oro sólido.

—Vammos para allá inmediatamente –caminó un par de metros hacia la cocina y abrió una de las gavetas–. Anastasia, ¿dónde está mi rifle?

—Debes de haberlo dejado en la estación, no lo he visto.

—Bueno, mejor traeme la pistola del cuarto. Ya regresaré.

—De acuerdo –ella subió y le trajo el arma que tenían en la mesa de noche por si acaso–. Cuídate.

—Así lo haré.

Se despidieron de beso y Anastasia fue a la habitación a descansar de nuevo. Sintió el aire pesado, abrió la ventana y se echó en la cama. No supo cuando cayó dormida, pero tuvo muy claro el momento en que se despertó. Sintió una ráfaga de aire en la cara y abrió los ojos tan rápido que saltó de la cama.

El viento succionaba todo el aire de la habitación, así que Anastasia corrió a cerrar la ventana. Apenas lo hizo, pudo medir la gravedad del fenómeno: observó hojas que se pegaban al cristal, ramas que se separaban de los árboles y volaban como las mismas aves que se posaban sobre ellas tan solo hace un par de horas.

Se encaminó al sótano, pero no se encerró hasta cerciorarse de que todas las ventanas estaban bien cerradas. Con temor pensó en la predicción del jardinero: una catástrofe. La puerta principal temblaba, como si su marco fuera una prisión. Llegó al sótano solo para asegurarse de que ya no había corriente eléctrica. Se sentó en la oscuridad total, que solo se interrumpía por la luz azul y morada de los relámpagos, que la impactaban como moretones.

El tornado no parecía detenerse para Anastasia, pero tan solo habían pasado unos minutos cuando escuchó la puerta sonar. Pensó que su esposo la esperaba, se lo imaginó lleno de tierra y herido, clamando para que le abrieran la puerta. Corrió tan rápido como pudo hasta que se encontró palpando la puerta, buscando la manija en una oscuridad total. Apenas sintió el puño de metal, le dio la vuelta y la puerta se abrió con el impulso del viento.

Entonces, bajo la capa de la tormenta, solo vio siete figuras.

—¡Refugio! –exclamó el que estaba adelante.

—¡Pasen! ¡Rápido!

Anastasia les dio paso a los pobres hombres. Notó que todos eran más pequeños que ella; luego concluyó que todos eran exactamente de la misma estatura.

—¡Este es el refugio prometido!

—¡Sí! ¡El refugio!

Entonces los siete empezaron a corear la palabra “refugio” una y otra vez. Anastasia no comprendía lo que decían.

—¿Qué? ¿Quién les ha dicho semejante cosa?

—Nuestro poderoso padre.

—¡Sí! ¡Nuestro poderoso padre! –nuevamente todos empezaron a vitorear la misma frase.

—¿Quién sería ese?

—Alimentos y vino.

—¿Qué?

—¡Queremos alimento y vino! ¡Alimento y vino! –pidieron al unísono.

—De acuerdo –accedió ella, sintiendo que algo no estaba del todo bien–. Ven… vengan por acá.

Los llevó a la cocina, el viento de golpe iba cesando, pero una gruesa lluvia estalló y la oscuridad no paraba. Los siete se sentaron en la mesa, algunos compartían silla. Eran tan pequeños que más bien se veía raro que no lo hicieran. Anastasia se sentía en una pesadilla, no entendía que ocurría pero igual les seguía la corriente. Vio por la ventana el paraje surrealista de oscuridad y ahora, también había granizos. Todos los cristales abrían un paisaje difuso de tono blanco, morado y negro como pintura embarrada.

—¡Alimentos!

—¡Ya voy!

Sus voces eran graves, como las de adultos, pero pronto se convirtieron en un lloriqueo infantil.

—Alimentos y vino, ¡se lo suplicamos! ¡Por favor! ¡De rodillas!

No podía ver que estaban haciendo, pero al oír las patas de la silla moverse, pensó que se estaban arrodillando de verdad. Sacó una dura barra de pan y una botella de vino tinto, colocó los alimentos en el centro de la mesa.

Escuchó cómo se engullían la comida, sorbían el vino. Parecía que cien días sin comida habían pasado y una sed desértica les rascaba la garganta. Temblorosa, Anastasia caminó hasta una repisa y prendió una vela, cuya luz aún siendo diminuta, luchó contra la enorme oscuridad y se abrió campo entre la superficie ennegrecida.

Se dirigió a la mesa nuevamente, colocó la candela en el centro. Primero notó como el pan no se había acabado a pesar de los ruidos de masticación, más bien parecía que ratas habían tomado pequeños pedazos. Por otra parte, las copas de vino estaban en el suelo, vacías. Anastasia pensó que no tenían ninguna educación. “Extranjeros”, incriminó.

Levantó la cabeza, bajo la tenue flama vio aparecer perfiles trastornados: ¡no podían ser humanos! ¿¡Qué cosa son!? Saltó hacia atrás, dejando caer la candela. La mesa empezó a quemarse lentamente. Había visto sus rostros tan redondos, pero de esa estructura humanoide se extendía un hocico donde afilados dientes masticaban pedacitos de pan y el vino chorreaba. Sus ojos fueron lo que más golpearon a Anastasia: eran completamente negros y tenían un brillo que no había visto en ningún humano o animal, ni siquiera en sus pesadillas había imaginado algo así.

—¡Nuestro padre vendrá a vengarnos!

Anastasia estaba petrificada contra el tope de la cocina, cuando escuchó unos sonidos huecos.

—¡Dios mío! ¿A dónde están?

Con el sudor gélido y el aire fuera de los pulmones, corrió a la repisa a buscar otra candela.

—¡No puede estar sucediendo! –se repetía en murmullos.

Iluminó la mesa y vio sillas completamente vacías. “El tornado debió de ponerme los nervios de punta, pero ya pasó, debo estar febril”.

Dio un par de pasos para derrumbarse en la silla. Sintió algo viscoso que al hundirse, revelaba una superficie dura que crujió ante su peso. Debajo de su pie vio la cabeza de uno de los siete monstruos, deformada por el peso de su pie.

Una arcada le atravesó el cuerpo, pero sintió un poco de alivio cuando le dio unas patadas a los monstruosos y no hubo reacción alguna.

“Han muerto. No me debo preocupar, son como los siete enanitos de Blancanieves”.

Rió nerviosa, frotándose las manos una con la otra. “No pasa nada, no pasa nada. Todo va a estar bien”. Sin embargo, a pesar de sus intentos de reconfortarse, el filoso pensamiento le partía los sesos a la mitad: “Nuestro padre vendrá a vengarnos”.

Sin saber qué hacer con los cuerpos, fue a revisar si aún no había luz eléctrica.Prendió una lámpara, se alejó de la cocina para no tener que ver a sus víctimas. Subió al cuarto, miró por la ventana y el corazón se le detuvo. Primero le llegó una oleada de un olor que reconocía bien: azufre. Entonces vio como el portón se abría, las nubes se iban despejando y se podía admirar el lodoso camino. Escuchó tambores sedientos de sangre, una figura se acercaba cada vez más a la casa: el diablo mismo, rugiendo como león.

Se persignó, pero la figura no se detuvo. “Es porque mi marido está trabajando en Jueves Santo. ¡Yo le advertí!”… Corrió hacia abajo para cerrar la puerta con pestillo. En un par de segundos llegó a la puerta, intentó cerrarla pero una estruendosa voz le respondió.

—¡Abrime, Anastasia!

—¡PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…!

No pudo evitarlo, la puerta se abrió y la desplazó.

—¿Qué ocurre aquí?

—Yo le dije que no fuera a trabajar hoy…

—¡Entiéndelo! ¡Tu esposo está muerto!

—¡Satanás! ¡Tu reputación de mentiroso te precede! ¡La manzana que no se debió…!

—¡No puedes hacer nada al respecto! –repitió–. ¡Deja de llorar! –entonces, haciéndola a un lado con su zarpa, Anastasia vio sus pezuñas alejarse hacia la cocina.

“¡Va a ver a sus hijos!”. De inmediato escuchó un alarido que la sacó de su estupor, empezó a correr hacia su habitación.

—¿Qué has hecho? ¿Por qué los mataste? ¡Es un baño de sangre! ¡Anastasia! ¿A dónde vas?

Cuando la entró a la habitación, sin pensar en las implicaciones cósmicas, decidió matar al diablo. Con pistola en mano, Anastasia lo encaró en el último escalón. Pero antes de que pudiere halar el gatillo, el fusil de la cocina le voló las tripas. Cayó muerta en el suelo, mientras el pobre jardinero se lamentaba.

—¡Yo sabía que algo le iba a pasar! ¡Si seguía así, una catástrofe y una tragedia vendrían de mano a mano!

Llorando desconsolado, entró a la cocina, ahí estaban los pequeños cadáveres de tres inocentes gatos que habían tocado la puerta pidiendo comida. Ella los había golpeado hasta matarlos.

—¡Y semejante tragedia en un día tan bonito y soleado!

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3 responses

22 03 2014
andrea gomez

buenísimo me encanto

6 02 2014
anebi carvajal tellini

ME GUSTO MUCHO ME SENTI EMOCIONADA CON EL RELATO DEL CUENTO Y CON UN DESENLACE INESPERADO. FELICIDADES AL AUTOR

5 02 2014
Juan Carlos Cambronero

Wow…. Sin palabras…..

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