Retrato de una tarde de tormenta

24 08 2011

Por Danny Brenes Brenes

Hace seis años y medio que posé para Manuel. Recostada contra la baranda de metal corroído y el río que acuchilla la ciudad frente a mí, no puedo pensar en otra cosa. Me pasa siempre que veo llover: los recuerdos me empapan, convertidos en gotas diminutas que se derraman sobre mi piel.

Seis años y medio. Es fácil decirlo. Una nimiedad, un capricho apenas. ¿Cuántos años tendrá este río?: tiempos incalculables que se pierden con el flujo. Yo, Manuel y yo, nuestra sesión y nuestra punto de convergencia fugaz, no son más que un cachito, una peca en el rostro de un mundo que no tiene pensado cesar sus giros. Una pisada tan débil que apenas es capaz, insignificante, de dejar huella en la arena.

Y sin embargo sigo pensando en él. Aquí estoy, parada en el corazón de la soledad, bajo nubes grises que se desangran sobre la ciudad, y sigo pensando en él. A mis pulmones les da por acelerarse, como si la piel de él no estuviera a más de unos metros de la mía, encerrados ambos en los confines ínfimos de un estudio fotográfico. Manuel, Manuel. De vos me acuerdo siempre que hay tormenta.

Como ahora mismo, que cae un rayo por detrás de la cortina de lluvia y descuartiza el cielo que se derrama. Toda la postal se ilumina con la fuerza del relámpago, y yo pienso en vos. Dónde estarás, qué pensarás, qué harás. De quién serán las lágrimas que por vos se derraman. Las preguntas son balas escupidas por la ametralladora de la memoria.

Otro rayo retumba en los cristales de la tormenta. La tierra se ahoga por debajo del cielo que se ilumina con los destellos eléctricos. Es estar en la presencia del flash de tu cámara, otra vez. Toda esta tormenta. Esa linterna incesante, que cortaba la realidad y la encerraba en un cuadrito pintado a blanco y negro. Una vez, dos veces, otra, otra, otra. Un relámpago, otro, otro, otro más. Cientos de fotografías, todas desechables, hasta encontrar la correcta, la que se acoplaba al dente a tu visión, a esa alma de artista que llevabas —¿qué digo?, ¡que todavía llevás, carajo!— por dentro. Era una habitación sencilla, dentro de tu casa; la ausencia de muebles y el despliegue de una cortina negra contra la pared del fondo valieron para convertirla en el santuario de tus obras.

Allí estaba yo, de espaldas a la cortina, de frente al lente con el que me apuntabas como si de un revólver se tratara. Sí, me dejabas sin vida. En el misterio oculto de los negativos me destiño, me abrazo a la fría ternura de la muerte. Y toda esta tormenta.

Ahí estás, frente a mí, y me olvido de todo. Sos una incógnita. No sos nada. Sos un rectángulo de dos por cuatro en la sección de económicos que ofrece trabajo a modelos inexpertas. Sos una puerta que se abre y sonríe; que, inexplicablemente, genera confianza para asegurarme que no, que él solo es un fotógrafo. Pero su aroma, sus manos grandes y fuertes, el colocho detrás de la oreja que se mueve cuando camina de una punta a otra; todo me dice que no quiero que sea simplemente eso. Quiero que seás tormenta.

Sos una enfermedad que crece dentro de mí desde el día que contesté el anuncio en la sección de económicos. Desde el día que posé para vos, Manuel, hace seis años y medio.

“¡Otra, otra!”, exclamás con desesperación, cerca del clímax, quemándote en ansias, hambriento, “otra más, así”. Yo no existo. Ante tus exigencias no existo. No soy más que una muñeca de trapo que se mueve tal cual se lo pedís, sin importar lo que sea, sin importar el tono que usés. Soy tu princesa, soy tu puta. Por vos, lo que sea. Por vos dejo de existir.

El disparo del flash inunda la habitación. Los clics de la cámara retumban entre la paredes, como estertores de muerte, como ahogados gemidos de placer y dolor. Es entonces cuando, en medio del caos, se hace presente el momento divino, sagrado: “¡La tengo!”. Tu voz resuena como un grito de victoria en medio del clamor sin tregua de la batalla más salvaje imaginable. Tu voz es es éxtasis, es izquierda, es melancolía. Por tu voz, existo y dejo de existir a la vez.

Debería moverme, tal vez. No ha de ser la mejor de las ideas estar aquí, a la orilla del río, con la plaza vacía a mis espaldas, bajo la inclemencia de una tormenta que no amainará su azote de agua y luz; no hoy, no mañana.

Pero no. Aquí, frente al flujo inacabable de las aguas colina abajo, me siento cómoda. Aquí te recuerdo, Manuel, con tanta paz.

Con la paz de quienes se han dejado llevar por el deseo, y han vuelto. Así nos sentíamos los dos, una vez que el flash se acabó, una vez que mi cuerpo volvió a cubrirse con las ropas que vos mismo me arrebataste en el instante en que puse un pie dentro de aquella habitación, tu estudio, santuario. Paz triste, tristeza alegre, alegre satisfacción. La armada paz que sigue al coito, aun cuando este no sea más que la comunión entre una cámara fotográfica y un cuerpo indefenso, abierto.

El humo de tu cigarrillo brota desde el pequeño banco de madera sobre el que reposás, con la cámara todavía colgando de tu cuello. Yo estoy a cinco pasos, sobre una silla también de madera, bajo los reflectores pálidos. El olor de la nicotina consumida es el broche de una sesión de canibalismo. Nos hemos devorado el alma. Quiero dejar de existir por vos para siempre, Manuel.

Pero entonces la paz armada se rompe. El agujero en la atmósfera lo abre la puerta por la que cruza una mujer de cabellos rojos y silueta delgada, piel lechosa y mirada extraña, dispersa; una ninfa desertora de los ríos. A sus pies corretea una niña, su viva imagen. Ambas se abalanzan sobre Manuel, lo besan, lo abrazan, le dicen cosas al oído. Lo hacen suyo. Manuel se ilumina al verlas. Y yo siento que existo más que nunca. En la fotografía no existo, y lo soy todo. En la existencia, no soy nada. Existo por ellas.

Manuel me presenta a su mujer y a Eli, su hija. Ambas me sonríen a la distancia. Se burlan de mí. Me echan en cara el amor que Manuel siente por ambas. El odio me ahoga, como una tormenta. Siento que caigo, que me consumo en las aguas del olvido y que un río indomable me arrastra hasta lugares recónditos, desconocidos, donde no importo. Donde existo.

Manuel me mira sonriente, ajeno a la pena que me corroe por dentro. Entonces siento lástima por él. El flash irrumpe en la estancia; un relámpago que deja una herida irreparable en la quimera de nuestra unión, retrato de ilusiones vacuas. Aun bajo la corriente que me mata, puedo adivinar la mueca de espanto en que se convertirá esa sonrisa ingenua cuando, unas tardes después, tras varias llamadas perdidas a un teléfono que nunca más contestaré, entre Manuel a su casa y vea en que se han convertido sus preciosas niñas. Veremos entonces quién sonríe.

Por eso escapé. Por eso pienso qué harás, si existo, si me estarás buscando. Peor que la sangre que mancha mis manos es el temor a las sombras, la oscuridad que ni siquiera las luces de la tormenta pueden aclarar. Sé que te escondés por ahí, lo sé. Sé que el único lugar seguro, Manuel, es el que yace y fluye frente a mí. Por eso estoy aquí. El río ha de protegerme. Nadie extrañaría a la mujer que cayó de cabeza en él, pienso, mientras compruebo con mis manos y pies el resbaloso estado de la baranda de metal corroído.

Pero mejor hoy no.

Tal vez mañana, cuando pase la tormenta.

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