La edad del hielo

31 05 2017

Diana Vargas Ramírez. La edad del hielo, 2016. Técnica mixta, 21.59 x 27.94 cm.

 

Les recomendamos la lectura de “La edad del hielo” de Alexánder Obando. Esta creación literaria ha sido incluida en la Revista Literaria Pórtico 21 Nº6 Reflexiones sobre la literatura fantástica y sus alcances.

Disfrute la lectura completa al descargar el ejemplar gratuito de la revista en: http://www.editorialcostarica.com

Revista de distribución gratuita, tanto en formato impreso como en formato digital (PDF).





El mejor cuento de misterio

24 05 2017

Franklin Mata Piedra. Las mensajeras, 2015. Acuarela, 56 x 77 cm. Colección: Caja de Ande, San José, Costa Rica.

 

Les recomendamos la lectura de “El mejor cuento de misterio” del escritor Alfredo Cardona Peña, el cual  incluimos en la Revista Literaria Pórtico 21 Nº6 Reflexiones sobre la literatura fantástica y sus alcances.

Disfrute de este cuento completo al descargar el ejemplar gratuito de la revista en: http://www.editorialcostarica.com

Revista de distribución gratuita, tanto en formato impreso como en formato digital (PDF).





Muerte por raspadura

7 05 2014

 Por Soledad Cadena

 

Hablar de un hombre prisionero de su sombra puede resultar absurdo para todo aquel que desconozca la azarosa historia de Juliano Conti.

Creció siendo un niño como cualquier otro hasta los siete años, edad en la que tuvo consciencia de que algo inusual ocurría en él. La confirmación de su sospecha llegó una mañana, mientras jugaba en la sala de su casa y presenció con espanto cómo su sombra hizo una travesura de la cual fue culpado; por más que intentó explicarles a sus padres quién había sido, lo máximo que pudo lograr fue que ellos le concedieran el tener una gran imaginación.

Episodios similares se fueron repitiendo con cierta frecuencia desde entonces: vidrios rotos, macetas regadas por el suelo, habitaciones en total desorden, cosas perdidas y luego encontradas en los sitios más inverosímiles, como aquella ocasión en que la sombra traviesa hurtó el anillo de bodas de mamá y lo llevó hasta una de las salientes de la antena del televisor, donde mucho tiempo después, el padre lo descubrió una mañana en que debió subir al tejado.

La sombra de Juliano Conti parecía tener vida e inteligencia propias: cada vez que estaba a punto de ser sorprendida en flagrancia, con increíble velocidad iba a situarse al lado de su dueño, quien, asustado y confundido, jamás pudo dar una explicación convincente.

Seguramente habría podido adaptarse a su situación, de no ser porque la sombra no se contentó con estos juegos inocentes: a medida que pasaron los años, las travesuras fueron subiendo de tono e intención hasta llegar a ser algo mórbido y fatal: mascotas misteriosamente envenenadas en las casas vecinas, caídas “accidentales” de compañeros y profesores, enfermos del hospital local a quienes por algún percance desafortunado se les cambiaba la medicación, todo ello hacía parte del largo expediente de la sombra de Conti.

Por cuenta de encontrarse siempre en la escena de la desgracia, Juliano llegó a convertirse en un ser nefasto para todos, aunque nunca se le hubiera visto cometer nada. Sabiendo que no podría convencer a nadie en tanto no tuviera pruebas, decidió abandonar la casa paterna e irse a vivir a una vieja casona en las afueras de la ciudad que había pertenecido a sus abuelos, con la ilusión de que así evitaría que la sombra dañara a alguien más.

Una vez instalado allí, se quedaba días enteros en cama levantándose lo menos posible; procuraba no estar cerca de ninguna fuente de luz natural o artificial; si debía salir lo hacía hacia la 1 y 30 de la tarde, cuando por efecto de la posición del sol en el cielo, su sombra era más corta.

Había tenido que empezar a observar esas sutilizas; la mayoría de las actuaciones fatídicas ocurrían entre las 9 y 30 y las 10 y 30 de la mañana y hacia las 5 de la tarde, cuando el sol estaba más bajo y por ende la sombra se hacía más larga. ¡Cuánto deseó ser transparente para que la luz pasara a través de él y verse a salvo de proyectar sombra alguna!

La reclusión empeoró las cosas para Juliano Conti. Comenzaba a sentir en carne propia ataques, golpes invisibles que la sombra le asestaba y que le hacían salir espantado de la cama. A medida que pasaban los días, la postración y el encierro lo debilitaban más y más. Muchas veces llamaron a su puerta, quizá vendedores o sus preocupados padres. Era en estas ocasiones cuando los ataques se hacían más dolorosos, como si la sombra entendiera que la presencia de alguien en la casa serviría a sus propósitos. Hubiera querido abrir la puerta, huir y dejar encerrado allí a aquel espectro, hubiera querido que alguien, una sola persona en el mundo, viera lo que él la había visto hacer…

Pero era imposible; Juliano Conti era esclavo de su sombra. Se le ocurrió entonces que podría aplacarla saliendo al amparo de la oscuridad; observaba el firmamento en busca de noches en las que hasta la luna sentiría temor de emerger. Las encontró, no sin dificultad, cerca del cuarto menguante. Al salir, se pegaba lo más posible a las paredes, evitaba faroles, luces de autos, linternas de veladores nocturnos, todo, con tal de no proyectarse.

La nueva estrategia de paseos nocturnos parecía dar resultado; los ataques de la sombra se hicieron menos frecuentes; era como si en la noche, esta se sintiera a sus anchas: se mezclaba tan asombrosamente con la oscuridad, que a veces era difícil identificarla. Ese camuflarse silencioso le daba la impunidad que tanto requería, de tal suerte que aniquilaba gatos solitarios o ebrios despistados que se aventuran por aquellos parajes casi desiertos. Juliano, como siempre, asistía a estos hechos con la complicidad de quien ve sin poder hacer nada.

El lugar comenzó a adquirir fama de siniestro cuando se descubrieron los cuerpos sin vida de los desafortunados transeúntes ocasionales. Nació la leyenda de un misterioso personaje que habitaba la región y que en las noches sin luna salía para alimentarse de sangre fresca. Algunos habitantes de los pueblos cercanos culpaban al residente de la vieja casona a quien aseguraban haber visto y de quien decían, tenía una actitud lúgubre y misteriosa.

Mientras la leyenda en torno a él se alimentaba, Juliano mataba los días recorriendo la casona. Un día en que revisaba unos viejos documentos, halló un antiguo álbum familiar. Mirando en detalle, encontró algunas fotos en las que su sombra era incluso más notoria que él mismo. En un infantil arrebato, quiso borrarla: tomó entonces una pequeña cuchilla y comenzó a raer lentamente la impronta de la sombra hasta casi hacerla desaparecer. Era una tontería, pero lo hizo sentir mejor.

Sin embargo, esa noche sintió que la sombra se comportó de manera extraña: había suficientes gatos y perros callejeros y no obstante, los dejó pasar de largo. Incluso, regresaron a la casona mucho antes de lo habitual. Juliano pasó el resto de la noche pensando a qué se debería ese cambio repentino. Casi a la madrugada, por fin, encontró la única y descabellada respuesta: su sombra se había debilitado gracias a la acción que había ejecutado en la foto la mañana anterior.

Sin perder tiempo, se dedicó a recolectar las fotos donde su sombra se reflejaba y con paciencia y tacto, la fue borrando una a una. Incluso fue más lejos: con una antigua cámara que encontró en el sótano, posó muchas veces tomando todas las fotos posibles, que luego, hizo revelar en el laboratorio de una población cercana. Las consecuencias previstas por Conti no se hicieron esperar, ya que en las noches sucesivas, cuando se disponía a salir, su sombra se quedaba arrinconada, sin fuerza, temerosa.

Por fin Juliano Conti encontraba algo de paz y descanso. Durante días enteros no sintió los embates de la sombra. Era ella quien se encontraba ahora postrada en la cama, sin fuerzas para moverse, casi aniquilada. Alentado por esa nueva y grata situación, decidió salir de día, a media mañana. Como era de esperarse, la sombra enferma no lo acompañó. Aprovechó para ir donde sus padres, quienes después de tantas visitas infructuosas, habían comenzado a imaginar lo peor. No perdió su tiempo tratando de explicarles la dolorosa situación que había atravesado durante todos esos meses. Les dijo, por el contrario, que un viaje repentino lo había alejado de la ciudad. Al fin gozaba de un momento de felicidad real, tantas veces aplazado. Llegada la noche, la madre insistió en que se quedara, que no regresara a aquel lugar, que nada les haría más dichosos que tenerlo de nuevo a su lado. Juliano le prometió que pronto volvería y que lo haría para quedarse.

Pero de camino a la casona, comenzó a sentirse mareado. Achacó ese malestar a la opípara cena que había ingerido. Sin embargo, su malestar fue empeorando: estaba bañado en sudor, se sentía sin fuerzas, incapaz de controlar sus movimientos, incapaz de articular palabra. A duras penas pudo llegar a la casona. Sus ojos, acostumbrados a presenciar dolor, no pudieron soportar la macabra imagen que lo recibió al abrir la puerta: sentada a la mesa, encorvada y macilenta, la sombra raía con la cuchilla los últimos vestigios de la imagen de su dueño en una foto. Juliano se acercó con dificultad para comprobar que todas las demás ya habían sido borradas. En un último intento de supervivencia, se abalanzó como pudo sobre ella, arrebatándole la cuchilla para arrojarla por la ventana. El esfuerzo había sido supremo. Ya sin aliento, se desplomó en la cama. A su lado, en perfecta sincronía, la sombra homicida también se desplomaba.

*****************

Cuentan que una mañana, un par de ancianos tocó muchas veces la puerta de una antigua casona. Al no obtener respuesta, pidieron ayuda para derribarla, argumentando que quizá su hijo se encontraría allí dentro, enfermo. Lo que hallaron superaba los límites de toda lógica: sobre la cama, en medio de sábanas sucias y malolientes, la imagen de lo que parecía haber sido un hombre, yacía casi borrada. Junto a él, en idéntica posición, también reposaban los restos de algo semejante a una sombra.





El tornado y los desconocidos

5 02 2014

Autor: Roberto Cambronero Gómez

“El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas”.
Ovidio

 

La predicción de su jardinero, un anciano hombre quien aún sin educación alguna sabía más que cualquiera que la señora Anastasia conociera, no le pareció plausible. El hombre podía saborear la tierra para saber que debería sembrar y adónde, leer el canto de los pájaros para saber cuándo iba a haber un eclipse y con exactitud recitaba el día que iniciaría la siguiente estación del año. Aun sabiendo esto, Anastasia no le creyó cuando predijo un cataclismo y una tragedia.

—Vienen mano con mano –se lamentó–. Me han zumbado los oídos mientras trabajaba en la huerta. Cuando toque la manija de la puerta principal sentí escalofríos que me envolvieron el cuerpo.

—¡Pues definitivamente tienes razón! Si por los nubarrones negros, el hecho de que ha llovido toda la mañana, estoy de acuerdo contigo: será una noche de mal clima –se burló.

—Espero que así sea, señora, espero que así sea, continué con ese sentido del humor… Bueno, esto ha sido todo por hoy, me despido.

—Adiós, cuídate de los malos espíritus –soltó una risotada mientras el hombre salía de la casa capucha en mano y con preocupación en la mirada.

Caminó por el sendero enlodado, con cada paso podía ver que el mismo suelo estaba aterrado: —Una catástrofe vendrá acompañada de un brutal incidente –vaticinó–. Esta tierra será su testigo.

Adentro de la casa amarilla, el calentador se aseguraba de que su habitante estuviera cómodo y el techo de que estuvieran seco. El resto del día transcurrió con la pereza que un día lluvioso amerita. Anastasia jugó cartas con su marido, se rieron al contarle sobre los malos presagios del jardinero y bebieron té caliente. Conforme pasaban las horas, empezaron a temer que tuviera razón: el agua empezó a acaudalarse en el sendero, adquirió una presencia amarillenta.

Con alivio, escucharon como los golpecitos en el tejado desistieron y los charcos empezaron a secarse. Una calma enorme los invadió, entonces se fueron a recostar en la cama. Cuando el estupor los iba hundiendo en un pantano meloso, la puerta los interrumpió. Al bajar se encontraron con un joven nervioso.

—Sargento, un robo acaba de ocurrir en el pueblo. Despojaron al boticario de toda su mercancía y dos lingotes de oro sólido.

—Vammos para allá inmediatamente –caminó un par de metros hacia la cocina y abrió una de las gavetas–. Anastasia, ¿dónde está mi rifle?

—Debes de haberlo dejado en la estación, no lo he visto.

—Bueno, mejor traeme la pistola del cuarto. Ya regresaré.

—De acuerdo –ella subió y le trajo el arma que tenían en la mesa de noche por si acaso–. Cuídate.

—Así lo haré.

Se despidieron de beso y Anastasia fue a la habitación a descansar de nuevo. Sintió el aire pesado, abrió la ventana y se echó en la cama. No supo cuando cayó dormida, pero tuvo muy claro el momento en que se despertó. Sintió una ráfaga de aire en la cara y abrió los ojos tan rápido que saltó de la cama.

El viento succionaba todo el aire de la habitación, así que Anastasia corrió a cerrar la ventana. Apenas lo hizo, pudo medir la gravedad del fenómeno: observó hojas que se pegaban al cristal, ramas que se separaban de los árboles y volaban como las mismas aves que se posaban sobre ellas tan solo hace un par de horas.

Se encaminó al sótano, pero no se encerró hasta cerciorarse de que todas las ventanas estaban bien cerradas. Con temor pensó en la predicción del jardinero: una catástrofe. La puerta principal temblaba, como si su marco fuera una prisión. Llegó al sótano solo para asegurarse de que ya no había corriente eléctrica. Se sentó en la oscuridad total, que solo se interrumpía por la luz azul y morada de los relámpagos, que la impactaban como moretones.

El tornado no parecía detenerse para Anastasia, pero tan solo habían pasado unos minutos cuando escuchó la puerta sonar. Pensó que su esposo la esperaba, se lo imaginó lleno de tierra y herido, clamando para que le abrieran la puerta. Corrió tan rápido como pudo hasta que se encontró palpando la puerta, buscando la manija en una oscuridad total. Apenas sintió el puño de metal, le dio la vuelta y la puerta se abrió con el impulso del viento.

Entonces, bajo la capa de la tormenta, solo vio siete figuras.

—¡Refugio! –exclamó el que estaba adelante.

—¡Pasen! ¡Rápido!

Anastasia les dio paso a los pobres hombres. Notó que todos eran más pequeños que ella; luego concluyó que todos eran exactamente de la misma estatura.

—¡Este es el refugio prometido!

—¡Sí! ¡El refugio!

Entonces los siete empezaron a corear la palabra “refugio” una y otra vez. Anastasia no comprendía lo que decían.

—¿Qué? ¿Quién les ha dicho semejante cosa?

—Nuestro poderoso padre.

—¡Sí! ¡Nuestro poderoso padre! –nuevamente todos empezaron a vitorear la misma frase.

—¿Quién sería ese?

—Alimentos y vino.

—¿Qué?

—¡Queremos alimento y vino! ¡Alimento y vino! –pidieron al unísono.

—De acuerdo –accedió ella, sintiendo que algo no estaba del todo bien–. Ven… vengan por acá.

Los llevó a la cocina, el viento de golpe iba cesando, pero una gruesa lluvia estalló y la oscuridad no paraba. Los siete se sentaron en la mesa, algunos compartían silla. Eran tan pequeños que más bien se veía raro que no lo hicieran. Anastasia se sentía en una pesadilla, no entendía que ocurría pero igual les seguía la corriente. Vio por la ventana el paraje surrealista de oscuridad y ahora, también había granizos. Todos los cristales abrían un paisaje difuso de tono blanco, morado y negro como pintura embarrada.

—¡Alimentos!

—¡Ya voy!

Sus voces eran graves, como las de adultos, pero pronto se convirtieron en un lloriqueo infantil.

—Alimentos y vino, ¡se lo suplicamos! ¡Por favor! ¡De rodillas!

No podía ver que estaban haciendo, pero al oír las patas de la silla moverse, pensó que se estaban arrodillando de verdad. Sacó una dura barra de pan y una botella de vino tinto, colocó los alimentos en el centro de la mesa.

Escuchó cómo se engullían la comida, sorbían el vino. Parecía que cien días sin comida habían pasado y una sed desértica les rascaba la garganta. Temblorosa, Anastasia caminó hasta una repisa y prendió una vela, cuya luz aún siendo diminuta, luchó contra la enorme oscuridad y se abrió campo entre la superficie ennegrecida.

Se dirigió a la mesa nuevamente, colocó la candela en el centro. Primero notó como el pan no se había acabado a pesar de los ruidos de masticación, más bien parecía que ratas habían tomado pequeños pedazos. Por otra parte, las copas de vino estaban en el suelo, vacías. Anastasia pensó que no tenían ninguna educación. “Extranjeros”, incriminó.

Levantó la cabeza, bajo la tenue flama vio aparecer perfiles trastornados: ¡no podían ser humanos! ¿¡Qué cosa son!? Saltó hacia atrás, dejando caer la candela. La mesa empezó a quemarse lentamente. Había visto sus rostros tan redondos, pero de esa estructura humanoide se extendía un hocico donde afilados dientes masticaban pedacitos de pan y el vino chorreaba. Sus ojos fueron lo que más golpearon a Anastasia: eran completamente negros y tenían un brillo que no había visto en ningún humano o animal, ni siquiera en sus pesadillas había imaginado algo así.

—¡Nuestro padre vendrá a vengarnos!

Anastasia estaba petrificada contra el tope de la cocina, cuando escuchó unos sonidos huecos.

—¡Dios mío! ¿A dónde están?

Con el sudor gélido y el aire fuera de los pulmones, corrió a la repisa a buscar otra candela.

—¡No puede estar sucediendo! –se repetía en murmullos.

Iluminó la mesa y vio sillas completamente vacías. “El tornado debió de ponerme los nervios de punta, pero ya pasó, debo estar febril”.

Dio un par de pasos para derrumbarse en la silla. Sintió algo viscoso que al hundirse, revelaba una superficie dura que crujió ante su peso. Debajo de su pie vio la cabeza de uno de los siete monstruos, deformada por el peso de su pie.

Una arcada le atravesó el cuerpo, pero sintió un poco de alivio cuando le dio unas patadas a los monstruosos y no hubo reacción alguna.

“Han muerto. No me debo preocupar, son como los siete enanitos de Blancanieves”.

Rió nerviosa, frotándose las manos una con la otra. “No pasa nada, no pasa nada. Todo va a estar bien”. Sin embargo, a pesar de sus intentos de reconfortarse, el filoso pensamiento le partía los sesos a la mitad: “Nuestro padre vendrá a vengarnos”.

Sin saber qué hacer con los cuerpos, fue a revisar si aún no había luz eléctrica.Prendió una lámpara, se alejó de la cocina para no tener que ver a sus víctimas. Subió al cuarto, miró por la ventana y el corazón se le detuvo. Primero le llegó una oleada de un olor que reconocía bien: azufre. Entonces vio como el portón se abría, las nubes se iban despejando y se podía admirar el lodoso camino. Escuchó tambores sedientos de sangre, una figura se acercaba cada vez más a la casa: el diablo mismo, rugiendo como león.

Se persignó, pero la figura no se detuvo. “Es porque mi marido está trabajando en Jueves Santo. ¡Yo le advertí!”… Corrió hacia abajo para cerrar la puerta con pestillo. En un par de segundos llegó a la puerta, intentó cerrarla pero una estruendosa voz le respondió.

—¡Abrime, Anastasia!

—¡PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…!

No pudo evitarlo, la puerta se abrió y la desplazó.

—¿Qué ocurre aquí?

—Yo le dije que no fuera a trabajar hoy…

—¡Entiéndelo! ¡Tu esposo está muerto!

—¡Satanás! ¡Tu reputación de mentiroso te precede! ¡La manzana que no se debió…!

—¡No puedes hacer nada al respecto! –repitió–. ¡Deja de llorar! –entonces, haciéndola a un lado con su zarpa, Anastasia vio sus pezuñas alejarse hacia la cocina.

“¡Va a ver a sus hijos!”. De inmediato escuchó un alarido que la sacó de su estupor, empezó a correr hacia su habitación.

—¿Qué has hecho? ¿Por qué los mataste? ¡Es un baño de sangre! ¡Anastasia! ¿A dónde vas?

Cuando la entró a la habitación, sin pensar en las implicaciones cósmicas, decidió matar al diablo. Con pistola en mano, Anastasia lo encaró en el último escalón. Pero antes de que pudiere halar el gatillo, el fusil de la cocina le voló las tripas. Cayó muerta en el suelo, mientras el pobre jardinero se lamentaba.

—¡Yo sabía que algo le iba a pasar! ¡Si seguía así, una catástrofe y una tragedia vendrían de mano a mano!

Llorando desconsolado, entró a la cocina, ahí estaban los pequeños cadáveres de tres inocentes gatos que habían tocado la puerta pidiendo comida. Ella los había golpeado hasta matarlos.

—¡Y semejante tragedia en un día tan bonito y soleado!





El Quizarrá

7 08 2013

Autor: Bryan Montero Salas

Daremos inicio a la peculiar historia acercándonos a conocer sobre este tipo de árbol. Una palabra de origen huetar denomina a esta especie nativa del noroeste, cuya familia es bastante numerosa. Existe el Quizarrá aguacatillo, esto por la similitud en sus hojas y constitución general con el Lauráceo de frutos de carne jugosa y suave como mantequilla; asimismo, el Quizarrá zorrillo, por sus hojas fibrosas e impermeables, apetecidas por el astuto animalillo para construir su hogar; el Quizarrá clavo… en fin, la lista es extensa. El ejemplar que nos ocupa pertenece a la segunda especie mencionada; alcanzó tal vigor que la circunferencia de su follaje ensombrecía casi en su totalidad el costado izquierdo de la casa, y era cimentado por un tronco que requería tres hombres tomados de las manos para abrazarlo con dificultad, tanto por su diámetro, como por el hecho de que se erguía a muy corta distancia de la tapia.
Bernardo había sido redituado con la casa como única herencia de su avejentado tío. Era una suntuosa mansión construida casi en su totalidad de Laurel. Lucia sutiles, pero evidentes y genuinos tintes victorianos, los detallados arcos y los doseles, que en su tiempo fueron como las nubes en su blancura y esplendor, así lo atestiguaban.

El frente de la casa era motivo de orgullo para su acaudalado dueño anterior: jardines, senderos bordeados, exóticas flores y la fuente de mármol importada en cuyos restos hoy apenas se identificaban resquebrajadas las facciones de una Atenea trabajada con gran talento, de rostro perfilado y gesto iracundo que miraba hacia el sur tras las rejas de hierro fundido. En la esquina opuesta figuraba el antípoda de este monumento; diagonalmente de hallaba la escultura de la madre naturaleza, cuya sombra benevolente y ramas que daban albergue a los agüíos, contrastaban en su vernaculidad con la escultura blancuzca y foránea.

No obstante, todo esto figuraba ya solo en el recuerdo de los que conocieron la casa hace ya medio siglo. Cuando el notario citó al sorprendido heredero y le brindó la escritura del inmueble, topó con la casa tomada por los años, putrefacta, con madera mohosa, un árbol descomunal que había roto el alto muro de piedras incrustadas, entre las que ahora penetraban las monstruosas raíces y los alrededores hechos una pequeña selva, por la labor interminable y cómplice del paso de los días y la biodiversidad del trópico, que no tarda en recuperar lo que fueron sus dominios en poco tiempo, irrumpiendo lenta, pero atrevidamente con las enredaderas, las lianas…

Cortó con la cizalla el candado y caminó por los apenas perceptibles adoquines de la entrada. A su diestra se mantenían en pie las informes ruinas de la escultura-fuente y a su alrededor el agua verdosa que antes fluía, y que ahora reposaba para dar cabida a cientos de renacuajos y larvas. Empujó la robusta puerta de la estancia y topó con una escena de abandono, polvo y añejos recuerdos, cristales rotos, paredes grafiteadas, y los restos de una fogata en el centro de la sala, en la que probablemente se habían consumido infinidad de enceres para combatir el frío de la noche, o las noches…

Finalmente, tras haber digerido todo con la percepción de sus sentidos, caminando en el balcón comenzó a realizar hipótesis pensando en voz alta:
—¿Remodelación? Es una locura, todo el segundo piso está falseado y la madera en su totalidad era irrecuperable. ¿Conservarla de ese modo? Con qué utilidad…

Luego de algunas consideraciones decidió venir con su esposa e hijo, y la cámara para documentar los últimos vestigios, de los que se desharía para vender el céntrico lote esquinero.

Bernardo era un tipo sencillo, poseedor de esa conformidad que solo ostentan los de espíritu manso. Lo que no esperaba era que su tío se acordara de él, con una propiedad de la que solo tenía algunos disímiles recuerdos de la niñez y que desconocía hasta hace unos pocos días, pues sus posesiones eran tantas…

El sábado por la tarde trajo a su familia, Constanza, la de cabellos de fuego, no parecía muy a gusto en aquel desvencijado sitio colmado de hiedra. Caso distinto era el de su hijo, quien disfrutaba al máximo cada rincón del lugar; desde el balcón imaginaba desmesuradamente, como solo los niños pueden hacerlo con toda la premura de sus sueños en esta hermosa aurora de sus vidas, que luego se marchita con el otoño de la juventud, y se corroen todas las constricciones de pureza que antes nos llenaban de colosal energía.

La fotografía era un sueño que aguardaba por llevarse a cabo en ese recinto secreto que son las inquietudes dentro de la mente humana. Aquel fotógrafo apenas tuvo la posibilidad de adquirir una buena cámara, no desperdiciaba una buena composición fotográfica que la luz plasmara ante su lente; lo que en este lugar disfrutó hasta la saciedad toda aquella tarde.

Incluso su pelirroja cónyuge y su primogénito fueron documentados en el tiempo por la magia fijada en el retrato fotográfico, que asimila al vino, en tanto crece su valor al deleitarnos progresivamente con el paso del tiempo, cuando contemplamos con nostalgia reviviendo paralelamente recuerdos cifrados en cada imagen, es un proceso fascinante, que equivale a detener y fijar los momentos que a veces se filtran y escapan de la memoria, quien se encuentra sorprendida de manera constante al conjugar los nuevos hallazgos sinópticos…

Tres semanas más tarde ya había regalado gran parte de la casa como leña a unos vecinos. Contrató una draga y una vagoneta de la constructora para despejar la propiedad. Así sucumbían ante el monstruo de acero en un santiamén las edificaciones que ya había comenzado a falsear pacientemente el tiempo. Contempló la mano quebrada de Atenea apuntando hacia el cielo entre la tierra negra de la vagoneta, figuraba cual sepulcro de derrota; asimismo el enorme espacio libre sobre el que estuvo emplazada la mansión.

—Señor, solo queda el palo y el muro viejo de piedras, ¡usté dirá! –gritaba el maquinista.
Él comunicó que la tapia se conservara como cerca y como límite, que solo quitara el viejo árbol. Aunque ambos ya eran uno, se habían fundido en un lento e imperecedero abrazo.

Le producía cierto placer y satisfacción observar la maquina limpiando con tal eficacia el espacio, sin embargo, algo curioso e inquietante ocurrió en medio de aquella muestra descomunal de fuerza destructiva. En el desprendimiento de la enorme raigambre del robusto Quizarrá, apareció una caja que yacía en una de las hendiduras del irregular tronco; la que daba precisamente al muro empedrado. Ante el avistamiento gritó e hizo gestos de pausa mientras se dirigía al tumbado gigante, para sacar de sus cimientos aquel inesperado objeto. Removió la tierra húmeda con sus manos y apareció entre la grieta del tallo la esquina oxidada de aquel inusitado cofrecillo.

Era una caja de latón de unos cuarenta centímetros de ancho por unos treinta de alto, bellamente adosada y con la cerradura herrumbrada, al igual que la mitad que estuvo expuesta a la intemperie por algún lapso. La colocó en un saco viejo y la llevó consigo a su casa. Ya limpia la contemplaba en su escritorio con una curiosidad que le carcomía dentro por saber cuál era el contenido del arca, que ostentaba ahora ya visiblemente, en el costado frontal las iniciales V. Y., detalle que dotaba aún más de misterio al asunto. Tiempo después recordó el nombre de su bisabuelo: Valentino Yglesias, por lo que llevaría la caja con su abuela para averiguar más al respecto.

Logró concretar la exhibición del lote en una corredora de bienes raíces, en la que se cotizaba por un buen precio, lo que lo acercaba al plan que había venido fraguando… Decidió ir por la tarde a visitar a la adorable anciana que había sido su madre, tras la muerte de su progenitora, alrededor de sus doce años. La casa verde claro, atiborrada de flores y helechos le esperaba. Y de la cocina, como era habitual, emerge un delicioso aroma a roscas recién horneadas.

—¡La maldita caja! –dijo–. ¿Cómo puede ser posible?, entonces sí existía…

El pequeño contenedor había conjurado en la pasividad común de la señora, la mayor de las exaltaciones y aireadas cóleras. Bernardo fue por un vaso de agua con Siete Espíritus y cuando el semblante de la abuela volvió a la normalidad, recapituló el suceso y preguntó por los cabos sueltos.

Un alambre, el W40, y cinco minutos de forcejeo desentrañaron ante doña Emilia y su nieto el angustioso y terrible secreto guardado por décadas y reducido a habladurías familiares que se destiñeron con los años…

Con el chirrido de la bisagra aparecieron los restos de una bolsa de papel, unos documentos sellados por un notario, un tal Montealegre; una viejísima manta con una mancha bermellón hacia el centro y algunas viejas joyas de mas bien tosco quilataje, todo mostraba respetable abolengo y antigüedad. Casi con carácter ceremonial la septuagenaria tomó la manta y la extendió, tras lo cual comenzó a rememorar susurrando muy bajo, como para sí misma… Con su mirada perdida comenzó a ubicarse…

Corrían los convulsos años veinte, el país se agitaba en el vaivén de las tensiones sociopolíticas de los aristócratas y los obreros. Su padre Tino Yglesias, ávido negociante, un visionario que con su buen olfato había llevado sus inversiones como espuma sobre la jarra de cerveza. Tenía cierto apellido y una arrogancia pretenciosa que a veces se le escapaba.

De sus tres hijos, el menor fue el heredero de ese instinto, que era como una brújula para el trueque; sin embargo, poseía una parte oscura que se manifestaba desde niño cuando maltrataba con placer a los sabuesos de la hacienda. Esta línea se perfiló en su juventud cuando cortejó a la hermosa señorita Jacinta Mora, quien pertenecía a una familia, de esas estiradas de la capital. Con el tiempo su barriga delató la jugarreta del bandido, ante la tentación que generaban los brotes de la pubertad en la damisela. Él negó todo rotundamente y ocultó las pruebas de un modo muy hábil.

Dejando una mujer desgarrada, dos familias enemistadas y una jauría de rumores, partió hacia Bélgica a licenciarse en derecho, como era costumbre en la época…

Al regresar lo único que había cambiado en aquel hombre era su manera de vestir, con los trajes importados que ostentaba. Volvió al pequeño país para reclamar lo suyo al recibir una carta que le informaba la grave enfermedad que acortaba las horas de su padre.

El regio hacendado confiaba en la voluntad de su hijo para encargarse del testamento, pues solo faltaba citar a sus hermanos y leerlo para hacerles saber los términos de su repartición, su notario José Ángel Montealegre tenía todo listo. Con lo que no contaba Valentino era con la siniestra sagacidad de su hijo. Días después desaparecieron los documentos bajo extrañas y violentas circunstancias que dieron como resultado la secreta gestión de un nuevo testamento del que se encargaría el flamante abogado de título europeo.

Tres meses más tarde sus hermanos recibían prácticamente despojos en una nefasta auditoria en la que se selló la desgracia que se perfilaba sobre los Yglesias, reviviendo el adagio lo que por agua viene…

A los siete días de esta confrontación expiró el Guayacán de los Yglesias, como le conocían, y con la culminación de su pomposo sepelio, los ojos chispeantes de los hermanos se vieron de frente por última vez, no sin antes saborizar el adiós con juramentos entre dientes y groserías a media voz…

—De modo que fueron años duros mamá –puntualizó Bernardo.

La venerable mujer asentía diciendo que su padre era un viejo tosco y cascarrabias, como los viejos de antes. Nunca supieron con certeza cuantos terrenos y posesiones tenía, sabían de fincas en la zona norte, en el sur frente a la playa de Puerto Jiménez, en fin, el viejo prescribió las condiciones para un desenlace tan funesto como el que acaeció. Padre e hijo padecieron horrorosamente en sus últimos y tísicos días. Se pagaron médicos destacados, las enfermeras más eficientes y bien parecidas, en fin… No existe dinero ni fuerza humana que logre contrarrestar los designios de la inextricable muerte, ambos fueron arrancados de raíz; días los vieron crecer, noches los llenaron de ilusión, germinaron, florecieron y se marchitaron en este maravilloso y contradictorio jardín donde crece junto lo bueno y lo malo para compartir un breve cuadro en el entremés de la existencia.

Bernardo fue el consentido del abogado, pues tenía sus mismos ojos moteados de tonos avellana, de los que se fugaban destellos si se les miraba a contraluz, aunque dicha predilección por el chico triste y encantado, de Beatles, Caña legui y maravillas… que jugaba a la pelota, del 49585… fue truncada cuando la familia viajó lejos por motivos laborales esa temporada.

—Hay quien dice que los árboles mueren de pie, aunque solo el Quizarrá lo hizo valer, pues el Guayacán y su hijo de tronco torcido evidenciaron paraderos muy distintos –dijo Bernardo sonriendo tristemente mientras sacaba las joyas pertenecientes a su bisabuela de la caja y traspasándolas a la siguiente generación, al colocarlas en las manos de doña Emilia.

El terreno esquinero de la alameda segunda fue bien vendido a un consorcio argentino que planeaba un centro comercial. Este negocio fue la llave con la que montó una exposición temática de algunos de sus trabajos en una importante galería del centro, que logro cierto éxito y la atención de algunos conocedores del oficio, pues resultaba innovador trabajar mediante técnicas de revelado bastante creativas, texturas con diferentes planos de iluminación sobre superficies que nadie imaginaba pertenecían a un árbol… Con ello estuvo más cerca del sueño que rumiaba en sus momentos libres.

Pasada la inusual apertura de la exposición titulada El Quizarrá, todos comían sonrientes aquella tarde calurosa bajo los árboles de hojas crujientes, las roscas con un velo de azúcar en polvo y un café sin endulzar, de sabor tal que levantaba a un muerto.

En medio del pichel esmaltado y la azucarera de porcelana figuraba aquella ferrosa caja de pandora que tan acre episodio había revivido de las memorias enterradas, que en su momento estuvieron en la mente como marcas hechas con hierro al rojo vivo, y que hoy se iban con la brisa de la muerte enamorada, que ronda como un ángel asesino…

Y el ritual una vez más conjuraba la magia del recuerdo, esas sombras que aprisionamos en nuestro palacio de cristal, los libros, las canciones y los pianos, el cine las traiciones los enigmas… los misterios… el amor… que al no cumplir cerrando todos nuestros ojos, nos arrinconamos casi placenteramente al lado del camino… aunque en este caso Bernardo sí llevó a cabo de manera muy peculiar.





Una compañía poco deseable

14 06 2013

 

Hoy en Pórtico 21 compartimos Una compañía poco deseable, un cuento escrito por Javier Rodríguez.

Paso tras paso se abría camino sobre una vieja y quebrantada acera, la luna menguante lanzaba sus débiles rayos de claridad sobre aquella simple silueta y justo al frente, una puerta en lo que parecía blanca, interrumpía el apurado paso del hombre; tras detenerse frente a esta, el rozar de las llaves unas con otras llenaban con su fino sonido el gran vacío y silencioso ambiente nocturno. La claridad era poca, aun así, con sus manos acariciaba suavemente las distintas llaves que en su poder tenía, ya no necesitaba mirarlas para lograr reconocerlas, así que tras elegir la indicada, la colocó en el llavín y giró de ella. El sombrío crujir de la puerta le siguió tras abrirse, adentro todo parecía estar mucho más oscuro, sin embargo, después de tocar delicadamente la pared en busca de algo, sus dedos se toparon con un objeto algo familiar, un sencillo interruptor que al sentir el cálido tacto de aquel sujeto, liberó la incandescente luz de una vieja lámpara en el techo, ahora con un ambiente un tanto más claro, lo primero que observó delante de él, fue a un amplio espejo con marco de madera, era un espejo grande, quizás más alto que su propio dueño y en su interior, el hombre miró alegremente a su reflejo.

―¡Buenas noches! –saludó al espejo, pero su reflejo no le respondió.

En medio del profundo silencio borró su fingida sonrisa y con sus cansados ojos miró a su alrededor, desde sus viejos y finos muebles, sus esponjosas alfombras de sala y sus extravagantes figuras de adorno que gustaba coleccionar; contempló todo cuanto estaba frente a él, pero muy en el fondo no logró observar aquello que en realidad quería mirar. Al final, su vista terminó su paseo nuevamente ante aquel espejo, al parecer el hombre lo había colocado a propósito frente a la puerta, para así cuando él llegase a su casa cada noche, lo primero que viese tras abrirla fuera a su propio reflejo, y así quizás poder fingirse a sí mismo de que alguien más se encontraba allí. Alguien que estaba esperando pacientemente a su regreso. Alguien que tal vez lo hiciera sonreír al final del día. Alguien que pudiera llenar el gran vacío que había en su corazón. Alguien que tan solo le diera algo de compañía.

Sin embargo, rápidamente se dio cuenta de que es muy difícil engañarse a sí mismo, fácilmente podía llegar cada noche y mirar a alguien frente a él, pero bajo el velo de su propia mentira, sabía que no habría nadie que respondiese a sus palabras. Nadie que tocara sus manos o que a su vez pudiera darle un abrazo. Nadie que tras contarle algo gracioso o mirarlo a la cara lo hiciera reír. Nadie que con sus pasos llenara de alegría los rincones de su casa. Nadie… Simplemente nadie.

El hombre resignado por su realidad, dio un suspiro de cansancio, mientras lentamente se quitaba su gastado saco marrón; después lo tendió sobre uno de los sofás de la sala, para que finalmente sus pies decidieran llevarlo hasta la cocina. El eco de sus pasos resonaba en medio del inmenso silencio de la casa, un rostro triste y extinto iluminaban su apagado semblante; había empezado nuevamente su simple rutina nocturna y la costumbre de nuevo manejaba a su cuerpo tal y como lo haría un marionetista con su marioneta, ya él no pensaba en lo que tenía que hacer, simplemente su cuerpo lo hacía por costumbre. Al llegar a la cocina encendió la luz que a esta zona correspondía y lo primero que vio fue sobre el lavado a un grupo de trastes sucios que esperaba pacientemente a su regreso. Siguió caminando y a mitad de su tramo, sus pies tropezaron con un peculiar plato que se encontraba sobre el suelo. Debido a la fuerza del choque, aquel objeto fue impulsado contra una pared; el hombre se acercó a él, lo miró fijamente e inmediatamente se agachó para recogerlo. Sonrió al mirarlo entre sus manos, traía la imagen de un gato impresa en el fondo y pertenecía a su querida mascota, sin embargo, hacía días que el plato permanecía vacío sobre el suelo. Hacía días que su fino maullar se había vuelto mudo. Hacía días que el gato ya no se encontraba en la casa ya que lamentablemente había fallecido.

El hombre dejó de sonreír, presionó con gran fuerza el plato de su mascota y con un rostro lleno de ira se levantó y corrió hasta donde el espejo. Se colocó frente a este y con fuertes gritos le reclamó a su reflejo.

―¡¿Qué acaso tú no te sientes solo?! ¿Qué acaso no te incomoda el silencio?

Pero su reflejo seguía sin responderle. Su cólera aumentó a gran escala, provocando que en medio de su enojo, lanzara fuertemente el plato de su gato contra aquel espejo; el impacto fue tal, que este se rompió en decenas de pedazos y con él, decenas de reflejos cayeron al suelo, inundando con sus estrepitosos sonidos los rincones de aquella sala. El hombre con ojos sollozos, se dejó caer de rodillas y en silencio quedó observando los restos del espejo, su cabizbaja silueta permaneció inmóvil sobre la alfombra de la sala, hasta que llegado el momento, el cansancio lo derribó allí mismo y le cobijó con el suave manto del sueño nocturno….





Relatos: El sueño y Encandilados

20 05 2013

Hoy en Pórtico 21 compartimos los relatos El sueño y Encandilados, ambos autoría de Susana Castro Jiménez.

El sueño

 

Sin duda alguna, era su recurrente y aterrador sueño, esta vez haciéndose realidad. Trataba de cerrar la puerta de su casa pero no lo lograba, se lo impedía una fuerza potente y desconocida, como de una multitud; y una luz cegadora que le imposibilitaba ver qué había al otro lado, qué era esa cosa a la que ella tanto le temía y no quería que entrara en su casa.

La lucha por cerrar la puerta duró unos diez segundos, pero considerando la lentitud del tiempo onírico, debió ser terrible para ella, y esta vez, al igual que en sus sueños pasados alguien la interrumpió, era su hermana llamando por la puerta trasera. Esta vez tampoco pudo saber qué era esa cosa detrás de la puerta a la que tanto le temía y no quería entrara en su casa. Y el mantenimiento de esta incógnita le aseguraba que su sueño seguiría repitiéndose incluso en la luz del día hasta que ella lo descifrara.

Pensó igual que las otras veces, que lo mejor era mantener la puerta bien cerrada y asegurada, y “por aquello” poner un pesado sillón arrecostado a la puerta, total la única que la visitaba era su hermana y ella entraba por la puerta trasera, en cambio a esa cosa sólo se presentaba, como cualquier visita, en la puerta principal.

 

Encandilados

 

Entró en la sala de la casa, como de costumbre no se quitó sus botas llenas de tierra y estiércol, no tenía consideración con su esposa que se esmeró limpiando el piso, aunque en realidad, ese día ella no se había levantado con el suficiente ánimo como para limpiar la casa, eso solía pasar, de hecho era una suerte encontrarla alegre, era una suerte encontrar la casa limpia; y es que cuál cosa podía alegrarle, su vida era verdaderamente miserable y las cosas no iban a mejorar porque ella limpiara o no.

Lo primero que dijo al entrar fue: “¿por qué están las luces encendidas? Me molestan, apáguenlas”. A pesar de ser ya las seis de la tarde y que la noche se encontraba especialmente oscura, era raro que en esa casa las luces estuvieran encendidas, a ellos la luz le molestaba, especialmente al padre, la madre y el hijo mayor; los dos pequeños todavía soportaban la luz, aún no los había carcomido del todo la oscuridad, la intimidad y privacidad enfermiza de su familia. A la pregunta del padre, podían seguirle otras, y es que ¿para qué encender la luz? No querían verse sus caras tristes, molestas, frustradas; no querían ver su casa sucia, descuidada. La oscuridad les daba comodidad, esa que da la negación de una realidad dolorosa. Poco después de terminar de hablar notó que había en casa un visitante, un tipo del pueblo que  pese a vivir solo desde hace años, sabía relacionarse mejor que aquellos desgraciados, el hombre sólo buscaba un poco de conversación.

El resto de su familia estaba encandilada como él, no tanto por la luz sino más bien por la violación que estaba haciendo aquel extraño de la intimidad de su hogar, pues aquel hombre les obligó a conversar en la sala, todos y juntos; a cenar en la mesa, todos y juntos, pero lo peor que hizo fue obligarles a verse las caras, a encender la luz, y romper la comodidad que les daba la oscuridad, mejor dicho aquella visita los dejó encandilados.