Literatura infantil y calidad

17 01 2017

POR CARLOS RUBIO

El creador de literatura para la niñez se coloca en el mismo nivel de las personas menores

En los últimos años, editoriales costarricenses han dado a conocer una copiosa producción de literatura dirigida a la niñez y la juventud. Se puede creer con ligereza que escribir, ilustrar, diseñar y editar libros para las jóvenes generaciones es tarea fácil. Todo lo contrario. Es necesario crear conciencia sobre la responsabilidad que ello implica.

Tal como lo evocaba Juan Ramón Jiménez, un texto literario para los más pequeños es un “libro bello, sin otra utilidad que su belleza”. Su misión fundamental se concentra, por sobre todo, en el encuentro con el goce estético, el sentido lúdico, la capacidad de imaginar, soñar, provocar enojo, desidia, tristeza o risa.

El creador de literatura para la niñez, sin olvidar la experiencia que ha amasado durante años, se coloca en el mismo nivel de las personas menores. María Elena Walsh lo expresaba con exactitud: “porque el lenguaje de infancia es un secreto entre los dos”. Es un discurso que no se hace “para” los niños, se forja “desde” esa infancia interna que nos habita. Allí nos atrevemos a realizar la travesura.

¿Texto didáctico? Puede creerse que la misión de la literatura infantil es la de desarrollar aprendizajes. Sin embargo, los cuentos que se narraron durante siglos, en diferentes culturas, y que se han convertido en referentes de los más pequeños, como La bella durmiente,Blancanieves,Hänsel y Gretel o Pulgarcito tratan temas que desvelarían a más de un adulto preocupado por el discurso “políticamente correcto”.

Son cuentos en los que se anuncian temas como el abuso sexual, el homicidio o el abandono infantil. Son obras en los que la moraleja no es explícita, cada lector construye su significado.

Los libros para los pequeños no tienen, como prioridad, la formación de conocimiento. Son los que se narran con curiosidad, temor o deleite antes de dormir; los que se guardan en el cajón de los juguetes, los que reposan al lado de la almohada.

Son los libros que los niños leen sin reserva y que se continúan leyendo, aun a hurtadillas, cuando ya los adultos han pedido que se apaguen las luces y que se dispongan al sueño.

Letras empequeñecidas. También hay libros escritos como si los menores carecieran de inteligencia, riqueza de léxico e información. Generalmente, con una paupérrima visión de la ternura, apelan a un lenguaje cargado de diminutivos como “casita”, “pijamita” o “escuelita”.

Hastiados de la puerilidad, los menores rechazan esos textos que, en muchas ocasiones, los aniñan más y les crean una visión distorsionada y cursi de las manifestaciones artísticas. Minimizar las posibilidades de pensamiento de los pequeños es una manera de violentarlos.

O bien, puede creerse que se hace una ruptura con anunciar, de manera ramplona, temas que aparentemente están reservados para las personas adultas. Que basta con mencionar guerras, conflictos políticos o expresiones de la sexualidad para transgredir límites y realizar una obra innovadora.

Primero que todo se debe ubicar que en los cuentos tradicionales, provenientes de la tradición oral, se presentaban temas que preocupaban a personas de cualquier edad como las migraciones, el abandono infantil o el homicidio.

Desde entonces, a los niños se les pueden hablar de todos los contenidos siempre y cuando no se deje de lado el goce estético, la ambigüedad de la metáfora o el final sorprendente.

Responsabilidad. Por eso, el autor o ilustrador debe leer constantemente los clásicos extranjeros y los costarricenses. Crear libros –de papel o electrónicos– no es un simple negocio, es un arte en el que se dibuja, en gran medida, el imaginario de los habitantes del nuevo siglo.

La Editorial Costa Rica, en los últimos años, constituye un grato ejemplo: ediciones cuidadas, ilustraciones innovadoras y obras meritorias impresas en papel o que se pueden leer en computadoras, tabletas o teléfonos móviles.

Es necesario que las editoriales públicas y privadas no publiquen, de manera atropellada, cualquier libro. Por el contrario, es conveniente que estimulen a sus autores e ilustradores a desarrollarse, crecer y ofrecer material competitivo en el ámbito nacional y extranjero.

De la misma forma, en las bibliotecas del Ministerio de Educación Pública deberían atesorarse las obras mejor escritas, ilustradas y editadas, pues allí se forja la visión estética del futuro.

Que no se pierda de vista que las jóvenes generaciones merecen textos de calidad.

Tomado de: La Nación. 07 de enero de 2017.
Artículo de Carlos Rubio, profesor en la UCR y la UNA.

Anuncios




Literatura infantil o la inefable búsqueda de una definición

4 05 2016

Carlos Rubio Torres

La Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional inauguraron un Rincón de Cuentos o biblioteca especializada en literatura infantil en la Escuela Sepecue, ubicada en Alta Talamanca, Limón. Es el primer centro dedicado al disfrute de la lectura, erigido en una zona indígena. Fue instalado en una edificación que guarda semejanzas con el usulé o la casa cónica ancestral de los indígenas bribris.

Me adentré en esa construcción circular. Allí encontré a un niño que, de manera espontánea, estiraba los brazos para agarrar un volumen que llamaba su atención. Tendría, si acaso, unos 10 años. Y, como muchos otros pequeños de esa escuela, juega fútbol y siente atracción hacia las recientes tecnologías, por ejemplo el uso de tabletas electrónicas y teléfonos celulares. Sin embargo, buscó un álbum ilustrado y se sentó a leerlo en la hamaca. Esa imagen simboliza el anhelo que hemos guardado escritores, educadores y promotores de lectura: el deseo de que un niño, de manera voluntaria, busque un libro y se solace con sus palabras e imágenes.

Por ese motivo, me concentraré en preguntar: ¿Qué es literatura infantil?

niños-leyendoEl concepto es de origen reciente. Margarita Dobles sostiene que es una categoría lingüística y un hecho histórico que se terminó de definir en el siglo XX. Y Adela Ferreto afirmaba: “tres son las fuentes que han nutrido la literatura infantil: el folclore, algunos textos de los grandes clásicos y los libros escritos, especialmente, para niños”. Rescataré aquí el valor de la palabra anónima, la folclórica. Joaquín García Monge lo advertía: “Al niño la literatura que más le conviene y le interesa es la folclórica, de su gente, de su tierra”.

Las cántigas de plazas y esquinas son las que se heredan sin recelo. Son las rondas, las adivinanzas, las retahílas, los romances y los dichos anónimos, repetidos por generaciones sin detenerse a pensar en su antigüedad. ¿Acaso se interpretaron por primera vez en la Península Ibérica? ¿Quién sabe? Lo cierto es que se han convertido en los versos fundadores del gozo de la palabra en nuestra infancia. Alfonso Chase rescató la esencia de esa palabra primigenia con su Libro de maravillas . Nos evoca una tonada que, posiblemente, ya no se escucha en los parques o los patios de las casas: “Pobrecita la huerfanita / que no tiene padre ni madre; / la echaremos a la calle / a llorar su desventura. // Desventura, desventura, / ¡carretón de la basura! // Cuando yo tenía mis padres / me vestían de oro y plata, / y ahora que no los tengo / me visten de pura lata. // Desventura, desventura, / ¡carretón de la basura!”.

Y lo que sucede es que esa huerfanita, desprovista de nombre, representa la necesidad y el temor de la liberación de la autoridad paterna. La niña de la canción puede ser la Cenicienta, Hänsel y Gretel, Blancanieves, Pulgarcito y sus hermanos o los chacalincitos que se adentran en la casita de las torrejas. Puede que sea la evocación a tantos niños del pasado, huérfanos, hijos de madres que no sobrevivían al parto, de perseguidos o parias, de las víctimas de la guerra.

Hans Christian Andersen

No obstante, la literatura infantil contemporánea no solo se nutre de fuentes folclóricas. Fue el hijo de un zapatero y una servidora doméstica el que nos abrió nuevas perspectivas sobre los libros que podían leer las personas menores. Nacido en la isla de Odense, Dinamarca, Hans Christian Andersen elaboró sus cuentos con retazos de su vida. Mucho costaría imaginarse que un hombre proveniente de una cuna humilde, durante la Revolución Industrial, pudiera dedicarse a la vida artística. Estaría condicionado a aprender el oficio de la sastrería como lo deseaba su madre o remendar calzado, como lo hizo su padre. Pero supo sobreponerse a su pobreza, su desenfadada y poco agraciada figura y marchó a Copenhague, capital de su país, para probar suerte como cantante o actor. Nada de eso fue posible, pero encontró la manera de autorretratarse en sus cuentos. Él es el patito feo que, despreciado por su desgarbada presencia, se convierte en un cisne.

Será por eso que la literatura infantil incomoda e irrita a muchas personas adultas. Incomoda porque no es complaciente con las concepciones curriculares de moda o las políticas que perfilan a un ser humano alienado, sin posibilidades de respuesta y pobre de criticidad.

Es una literatura que también constituye un acto de humildad pues la autoría no es cosa de uno, es un acto de complicidad entre el autor, el ilustrador, el diseñador gráfico y el editor. Difícilmente un niño escoge un libro tan solo por las cualidades de su escritura. Generalmente aprecia la obra literaria por su valor integral, por la síntesis de diversos lenguajes, de las letras, las artes visuales y calidad de la impresión.

Los niños necesitan la calidez de sus hogares, la seguridad del techo y la confianza que da su familia. Eso mismo, también, se encuentra en los libros. Por ese motivo, el acercamiento al texto literario nunca debe ser un ejercicio académico medido por rígidos criterios de evaluación. Por el contrario, debe ser un enfrentamiento cotidiano, espontáneo, voluntario y afectuoso.

Política congruente

Presentar la literatura con gracia, donaire, magia y entendimiento ha de ser responsabilidad clara de la familia, la escuela, las universidades y el gobierno. No representa una atribución de una dependencia ni de un ministerio, sino que debería formar parte de un plan de país, de la creación auténtica y congruente de una política nacional de lectura y fomento del libro. Así debe ser si, efectivamente, se anhela un pueblo pensante, propositivo y dispuesto a rescatarse del abandono.

Con el mismo espíritu con que nos aventuramos por los parajes de un cuento, regreso al punto de partida de nuestro viaje, al usulé de la Escuela Sepecue, en Talamanca, donde me encontré con un niño que extendía sus brazos para alcanzar un libro. Me pareció que quería asir el universo con todos sus murmullos, palabras y estrellas. El milagro ocurrirá cuando se siente en una hamaca y se disponga a dialogar con la huerfanita, el lobo, el tigre de agua, el patito feo, Uvieta o Cocorí; cuando descubra la universalidad de ese rincón íntimo y único; cuando escuche el eco de la frase de Kempis que amó el maestro García Monge, “In angello cum libello” o “En una pequeña esquina con un librito”. En su peregrinar por las páginas descubrirá esta inefable búsqueda de una definición, este tránsito del territorio de la incertidumbre al vuelo, a la luz.

Fragmentos extraídos del discurso de incorporación del escritor Carlos Rubio como miembro numerario, a la Academia Costarricense de la Lengua.





El príncipe teje tapices de Carlos Rubio

4 05 2012

Título: El príncipe teje tapices

Autor: Carlos Rubio

Género: Cuento infantil

Páginas: 162

ISBN: 978-9977-23-977-4

Como si se tratara de un tapiz tejido con los hilos de antiguos relatos es este cuentario. En sus páginas habitan las hadas, los príncipes, las princesas, los piratas y los castillos encantados que siempre han deslumbrado tanto a niños como a adultos. Además encontramos temas inquietantes sobre el género, la libertad, la justicia o la trascendencia de la lectura, presentados con una cuidada prosa, una fina ironía y un buen sentido del humor.

Congruentes con las últimas tendencias de la literatura infantil, estas son historias para niñas y niños que viven en el siglo XXI con amor, sensibilidad, creatividad y humanismo. Pero también son cuentos para personas adultas que aún habitan el vasto territorio de la infancia.

Sobre el autor

Carlos Rubio Torres. Nació en San José, Costa Rica, en 1968.
Carlos Rubio se formó como educador en la Universidad Nacional y continúa estudios en el Programa Latinoamericano de Doctorado en Educación de la Universidad de Costa Rica. Trabaja como profesor e investigador de la literatura infantil y la narración oral en la Escuela de Formación Docente de la Facultad de Educación en la Universidad de Costa Rica y la División de Educación Básica del Centro de Investigación y Docencia en Educación (CIDE) de la Universidad Nacional.
Ha publicado La vida entre los labios; Queremos jugar; Pedro y su teatrino maravilloso; Escuela de hechicería, matrícula abierta; El libro de la Navidad; La mujer que se sabía todos los cuentos, Papá es un campeón, Las mazorcas prodigiosas de Candelaria Soledad y El príncipe teje tapices, esta última obra con el sello de la Editorial Costa Rica.
Ha participado en congresos y seminarios relacionados con la literatura infantil y la animación de la lectura en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia y Chile. Ha dictado video conferencias para los ministerios de educación y universidades de países centroamericanos, República Dominicana y Puerto Rico.  Sus obras han sido incluidas en antologías de Estados Unidos, República Dominicana, México y Chile y ha publicado libros en México, Nicaragua y Colombia.

En 1984 se le otorgó el Premio Joven Creación al poemario La vida entre los labios y en 1990, el Premio Carmen Lyra de Literatura Infantil y Juvenil al libro Pedro y su teatrino maravilloso, ambas son distinciones de la Editorial Costa Rica.