Mi anhelo de verte

22 11 2011

Por Emanuel Mora Morales

Al fin te miro, inmóvil, parada entre la niebla. Su velo espeso te cubre como cascada de algodón y baña tu espectral figura de un blanco misterioso. Tus rubios cabellos se agitan con el roce del viento que perezosamente recorre el lugar. Tu cara tiene el color de la muerte. Sus delicados rasgos nunca se habían visto tan inexpresivos.

Fijo mi mirada en tus ojos negros, hoy carentes de espíritu, y no puedo moverme. Mi corazón late con violencia. Me invade el terror y la alegría, emociones siempre tan distantes pero hoy profundamente en armonía. Has estado 18 años persiguiéndome. 18 años.
Ni un solo instante has dejado de seguirme, y para decir verdad, ni un solo instante yo he dejado de buscarte. Todo este tiempo sentía constantemente tu presencia y aunque desesperado buscaba a mí alrededor tu anhelada imagen, no encontraba nada más que la visión de este mundo que aborrezco. ¿Y es que cómo no aborrecerlo si está sin ti?
En las noches heladas de invierno, mientras intentaba comer a la luz de la lumbre, te observaba de pie tras la ventana con aquel largo vestido blanco que solías llevar. Frotaba mis ojos con mis manos para asegurarme de que lo que estaba viendo era real y de pronto ya no estabas. Entonces miraba con impaciencia; te sentía junto a mí; casi podía verte, ¡pero no podía! Y cuando en las apacibles noches de primavera salía a pasear por el páramo solitario, aparecías de repente y cuando me disponía a correr para alcanzarte y abrazarte, se desvanecía tu imagen ¡Horrible tormento me hacías padecer! ¡Casi sudaba sangre por la angustia de mi anhelo de verte, pero no lograba alcanzar un solo atisbo! Ni en mis sueños lograba escaparme. Aparecías cada noche en ellos y te sentía tan real que tenía la impresión de que si abría mis ojos podría verte a mi lado. Entonces los abría en seguida y agitado buscaba a mí alrededor, solo para darme cuenta de que no estabas… ¡es que estás tan cerca pero a la vez tan lejos! En realidad los que nos separa son dos varas de tierra. Un abismo infernal de dos varas de tierra. El día en que partiste quise cruzarlo para volver a tenerte en mis brazos, y logré cruzarlo, con una pala. Pero eso ya lo sabes, porque cuando estaba a punto de abrir la puerta de tu morada subterránea oí un suspiro cerca de mi oído. Sentí como su aliento caliente derretía los copos de nieve albergados en mi oreja. Eras tú. Era tu espectro que no se cansa de seguirme. Desde ese día me has seguido y no me has dejado un segundo en paz: cierro mis ojos y te veo; miro el suelo y veo tus rasgos en las losas; miro el cielo y te veo en las nubes ¡No hay nada que yo no asocie contigo! ¡El mundo entero es una terrible colección de recuerdos de que existías y ya no estás conmigo!

Pero al fin, al fin puedo verte. Estoy acostado boca arriba en mi cama, agonizando. Mis ojos dilatados no pueden dejar de mirar tus ojos. Estoy inmóvil. ¡18 años esperando este momento, el momento de volver a verte!

La niebla y el viento helado entran en mí habitación a través de los amplios ventanales abiertos, y con ellos tu espíritu. Creo que vienes a llevarme. Todo este tiempo supuse que tú vendrías a llevarme cuando estuviera muriendo. Siento un alivio intenso, mañana estaré contigo bajo tierra, ¿porqué sabes algo?, aquella noche de invierno de 1784, hace 18 años, cuando te visité el día de tu partida, pacté con el sepulturero para que cuando yo muriera nos enterraran juntos. Le hice prometerme que quitaría un costado de tu ataúd y un costado del mío, para que así los dos nos disolvamos juntos. ¡Vamos! ¡Estoy listo! ¡Llévame! En unos minutos dormiré mi último sueño junto a ti, ángel, con el corazón detenido y mi mejilla helada contra la tuya.