NATALÍ

29 04 2015

Heidy Marroquín
Profesora en Lengua y Literatura

Juan 8:7

Salimos del teatro, las flores amarillas caían lentamente en plena escena, mientras papeles blancos de distintas formas y tamaños colgaban, hacían recordar a la gente lo que no debía olvidar; cama, sábana, habitación. ¡Qué sucio está el teatro! su telón, sus butacas, sus estatuas. ¡Qué sucia está la calle! con las tres madres en aquella esquina, luciendo su ropa más excitante, sonriendo desgraciadamente mientras toman un lápiz labial en sus manos, en sus tristes manos de prisioneras.

Falda celeste, corta, tan corta, casi se ve todo lo que da placer al gordo, al bajo, al flaco, al alto, a la mujer, al viejo, al niño, al joven… su blusa blanca con lentejuelas azules, como queriendo iluminar todo, zapatos blancos con tacón de tremenda altura, y ella, ella como la torre Eiffel, su cabello: profunda expresión de oscuridad.

Dos veces se han apagado las luces, sentí miedo, pensé que no recuperaría lo escrito.

De su hombro izquierdo cuelga un bolso, donde guardará las ganancias de esa noche, de aquella noche, de la noche de aquél. Natalí, Natalí es su nombre, me lo confesó en la oscuridad, cuando regresé al mismo lugar, no por otra obra, fue la necesidad de su cuerpo firme, firme junto al mío, fue la necesidad de sus oídos que no me habían escuchado, más fuerte que beberme una copa de vino acompañado de todos los objetos que parecen juzgarme, más fuerte que regresar como cada viernes y sentarme en la misma butaca, la número siete, de aquel sucio teatro, donde hace un mes veía la presentación de Los inquilinos, donde hace un par de semanas observaba El pescado indigesto, donde la semana pasada decepcionado por la estúpida comedia, conduje mi vehículo acompañado de Daniela, y en aquella esquina, ellas, ella.

Pensé un poco en mi vida, en mis pensamientos que disfrutan aflorar cuando las cosas insaciables me acusan, en mis erradas convicciones y en lo ideal de compartir mis ideas místicas con una de ellas. A veces sólo se quiere decir algo. Daniela cuando las vio: lloró, lloró, lloró un poco más, se limpió las lágrimas y su rostro estaba negro, lloró como teniendo misericordia y quiso escribir algo.

Yo pienso en el hijo de Natalí, siete años lo acompañan, cuando Nalatí me llevó a su casa, un cuarto con sábanas de colores cubrían las ventanas, del fuerte sol que iluminaba esa tarde. Una cruz colgada en la pared, muy cerca de la cabecera y sobre una mesa gastada por el tiempo, tres hojas cuadriculadas, y en ellas una letra intachable, recordaban las cartas escritas por Asturias, aquellas que están guardadas en un mueble miserable, que sólo algunos las han visto. ¡Qué letra! fascinado le pregunté sobre el artista, el propietario.   ¿De qué? me respondió, de mi cuerpo o de lo escrito. Sonrió un poco. Su mirada tímida se confundió con la luz del sol. Su hijo accidentalmente botó una taza roja en la que flotaban restos de pan sobre el café.

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