En contra de los aviones

18 08 2011

En el primer número de Pórtico 21 publicaremos el cuento “En contra de los aviones”, de Juan Murillo,  del libro del mismo nombre.

La calma es siempre antesala de  la catástrofe en esta colección de cuentos, que relata la minúscula tragedia individual, las vidas efímeras de seres comunes y corrientes y sus pequeñas, e incluso absurdas, conquistas.

Volar en avión solo tiene una posible explicación: es un acto de histeria colectiva, una puesta en escena. En cierto modo es bello ver a las personas involucrarse de ese modo en una ficción, perder la noción de la realidad y abordar una actividad descabellada mientras conversan sobre las compras a realizar y los chismes de familia. Cierran los ojos a la realidad, la ignoran. La realidad es ésta: cuando los aviones fallan, siempre fallan catastróficamente. No fallan como los carros. En el caso de un carro, cuando el motor deja de funcionar por un fallo, el carro se detiene, el conductor, en este caso usted o yo, se baja y abre la tapa del motor y lo observa con mucho cuidado y atención, como si por súbita revelación de pronto pudiéramos saber lo que le pasa y cómo traerlo de vuelta a la vida. Al final siempre desistimos y terminamos empujándolo para orillarlo mientras llega la grúa o el mecánico o cualquier otra persona más competente que nosotros. Luego uno se sienta en el borde de la acera y come papitas y piensa en lo extraño que es que el invierno no haya empezado aún. En el caso de los aviones no sucede lo mismo. Cuando fallan los motores el avión se cae del cielo como una piedra llena de gente que tiene mucha prisa por llegar al suelo. El piloto, al igual que el conductor del carro, solo sabe apretar botones y pedales y mover palancas, pero cuando fallan las cosas, como a aquel, solo le quedan las adivinanzas y, en su caso, el radio para avisar que el avión va en picada, si tiene suerte, o en barrena, si no la tiene. Pasa igual con otros fallos. Por ejemplo, los aviones tienen llantas también, y estas suelen estallarse en los aterrizajes y despegues, y usualmente, por la velocidad, vuelan en mil pedazos. Lo sé porque lo he vivido. A veces los trozos de llanta van a parar adentro de la turbina, la cual evidentemente no está hecha para moler llantas y se destroza también, o por lo menos queda inútil. En otros casos, como en el del Boeing MD-80, cuando pierde su único tornillo de sostén del estabilizador de cola, el avión no opta por barrena o picada, sino que decide volar de cabeza un rato, para horror de los pasajeros, antes de bajar a toda carrera a su encuentro con el suelo.

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