El tronco canela

6 07 2012

Oscar Cruz

No terminaba el mar su bravura nocturna, la espuma revoltosa y las aves pesqueras graznaban alocadas; así pintó un día sábado en Jacó muy cerca de la playa.

Una niña y su madre refugiadas entre palmeras; un camino arenoso cada mañana  repentino; al fondo, un chinchorro que huele a coco tierno, son ambas la arena y el mar, se tienen como descansa la tarde rojiza sobre las aguas. Es la madre tejedora de día y fábrica de collares por la noche, son para su hija los collares  y  es Chela su reina.

Afuera, costalazos de agua revientan sobre la arena; adentro, el día  es hermoso, a veces cuesta oír el rugido del mar… Y como llamando a su  pequeña, las gaviotas fuerzan sus cantos; se anima la niña, pies descalzos; sol y agua.  Dos mujeres color barniz, una teje para comer y la otra insiste deseosa de ir al mar. De pronto, sus ojos lavados penetran en la madre y no hay más que sucumbir ante tales perlas.

-Anda Chela.  La madre clava un beso en su frente. Es su hija el tesoro que hace ocho años se desenterró sobre la plateada arena. “Ten cuidado”. Sabe ella que su hija sortea las aguas y no permite subir la espuma sino bajo los tobillos, nunca hace dura advertencia, la pequeña vio a su padre ser tragado entre las olas.

-Sí mamá. Su tono canela siente a cabalidad el amor de su madre y también transpira ese sentimiento: es un amor de coco.

La mañana comienza a despertar en su totalidad y  Chela toma rumbo entre la arena. Pasan las horas entre las costuras y quehaceres; ha perdido el tiempo la madre “¡Las doce!”;  cómo se pierde el tiempo y qué triste no poder recuperarlo…

-¡Chela!, ¡Chela!… ¡Chela ven a comer!, pero ni el silencio mudo le responde…

-¡Chela!-

Ya emprende hacia la playa, al acercarse a las aguas siente palpitaciones tóxicas, el líquido ha tocado sus pies y le trae un mal recuerdo. Ni rastro, nadie le da razón; camino presuroso bordea su desgracia, cada paso es una maldición al Pacífico y  su vestido se arruga como su semblante.

-¡Chela!-, desgarra su grito silenciando al mar. -¡Chela!-,  gotas saladas vierten de sus ojos: es el mar que le ha invadido hasta el cuerpo.

En aquel momento regresa angustiosa a casa esperando encontrarla con sus trencitas, sentada sobre la arena, y es entonces cuando frente a su choza encuentra a su hija…

-Negrita, morenita- no hay cabida para reproches, besos de pies a cabeza, las palabras mueren cuando se le empañan los ojos. De su voz entrecortada un suspiro profundo dice “mi niña, mi reina…” mientras y aferrada a sus brazos su pequeña sonríe temblorosa.

Ante tal situación, nadie en el pueblo quiso decirle a la mujer que lo que cargaba era un tronco color canela. Durante la noche y con un vestido blanco, un espectro fue visto caminando hacia el mar, su camino certero y firme, con cada paso descendía entre las aguas. A la mañana siguiente, un tronco agrietado al reflejo del sol proyectaba una sonrisa temblorosa.

El mar se los había llevado a todos…