Cuatro ruedas tiene el hombre

15 02 2012

Sergio Arroyo

—Voy a comprarte una silla de ruedas nueva con el dinero del taxi. Vas a ver como sí —a pesar del aliento del joven, su mamá no se hizo ninguna ilusión por sus palabras porque el precio de una silla de ruedas usada, para no hablar de una silla nueva, hacía que su promesa se pudiera confundir muy fácilmente con una mentira. Sin embargo, era una mentira agradable a los oídos pues coqueteaba con su esperanza de dejar de luchar, de una vez por todas, con el esqueleto herrumbrado que utilizaba para transportarse de un lugar a otro de su casa. Con una silla de ruedas nueva hasta podría salir de la casa a veces.

Las calles de San Diego todavía estaban húmedas por la lluvia de anoche, pero el taxista apenas si se dio cuenta: se persignó, besó el escapulario que le había regalado su mamá hacía tiempo, arrancó su coche y abandonó la casa, con el cuidado de fijarse bien a ambos lados de la calle. Se dirigió a un paraje cercano, donde los taxistas piratas del lugar habían improvisado un paradero, justo en la cima de una pronunciada cuesta en la que un hermoso ahuehuete y una lonja mercantil hacían las veces de oasis.

Era él único taxi en el paradero. Tal vez debió dormir un poco más. Bostezó con toda el alma las ganas que tenía de haberse quedado una media hora más en la cama. La calle lucía desierta en su pendiente.

La figura del hombre en la silla de ruedas apareció de la nada. Tenía la expresión vacía y parecía muy entrado en años. Detuvo su silla a cierta distancia del paradero. Miró hacia todos lados como si hubiera quedado de verse con alguien pero, al cabo de unos momentos, fijó su interés en el taxi y se acercó a este con ánimos de decir algo, pero la timidez pareció impedírselo y el taxista se le adelantó:

—Buenos días, señor, ¿necesita taxi?

Ya visto de cerca, el hombre de la silla de ruedas lucía como un simple vagabundo: tenía un ojo alicaído, la barba entrecana, larga y despeinada, y el saco raído, especialmente en los hombros y las solapas:

—Sí, joven, ¿podría llevarme al centro?

Sin responderle nada, el taxista se bajó para ayudarlo a abordar. Primero, lo abrazó por detrás y lo levantó de un envión; se pasó a su costado y, en una rápida maniobra, lo obligó a descansar todo el peso de su cuerpo sobre sus hombros. El hombre resultó ser muy alto, pero no pesaba tanto como su talla lo sugería, lo cual fue un alivio para su espalda. De esta manera, con su ayuda, el hombre barbado empezó a dar algo parecido a pasos rudimentarios, acompañados en todo momento de quejidos y protestas: —¡Cuidado! ¡No soporto poner el pie en el piso!

En mitad del penoso caminar, el taxista miró hacia atrás y, por un instante, sus ojos se posaron en la lujosa silla de ruedas del hombre: plegable, cromada, con elegantes apoyabrazos y un respaldar de piel curtida; en ese momento, recordó a su madre y se imaginó dejando caer al hombre al piso, escupiéndolo en la cara y pateándolo con furia hasta el final, para luego quedarse con su silla. Sabía que no había nadie más en la calle. Podría hacerlo y nadie se enteraría.

—Esto no es de todos los días, ¿verdad? —dijo el hombre de la silla de ruedas, que no obtuvo respuesta del taxista e insistió—: Joven, le digo que no todos los días le ha de corresponder llevar a alguien en silla de ruedas, ¿o acaso me equivoco?

—Pues no crea, señor, la verdad es que es bastante común llevar pasaje con silla de ruedas —respondió el taxista mientras se disponía a acomodar al otro en uno de los asientos traseros del coche.

—Perdón, joven, preferiría viajar en el asiento delantero, para dejarle espacio a la silla.

—No se preocupe por la silla, la voy a colocar en la cajuela.

—No me gustaría llevarla en la cajuela, ya sabe, podría golpearse y yo esta silla la cuido como si fuera una hija. Están muy caras.

—Yo la puedo asegurar con una correa, señor, no se va a golpear.

—Mire, señor —dijo el hombre barbado—, si quiere asegure la silla de ruedas en la cajuela, pero a mí me sienta adelante. Se lo ruego.

El taxista bostezó de nuevo y no se creyó capaz de disuadir al hombre de sus intenciones, por lo que no le respondió nada y terminó sentándolo donde este quería.

Mientras el taxista regresaba por la silla de ruedas volvió a bostezar, pero esta vez sus pulmones se expandieron tanto que dio la impresión de querer aspirar todo el aire disponible a la redonda. Mientras tanto, el hombre barbado abrió cuidadosamente su ojo hasta entonces alicaído, miró al taxista por medio del espejo y, de inmediato, cerró la puerta, se corrió al asiento del conductor y hundió el pie derecho en el acelerador.

El taxista se quedó mudo y con la silla de ruedas en las manos. Observó, todavía con los ojos llorosos del bostezo, cómo el hombre se robaba su coche y avanzaba cuesta abajo y acelerando. Miró la silla y entendió que, si dudaba un instante más, habría ganado una silla de ruedas para su mamá pero habría perdido su coche para siempre. Entonces acomodó la silla, se sentó en ella y, aprovechando el declive, aceleró a todo lo que daban las ruedas del aparato, a la cacería del ladrón.

La competencia era desigual, el sol se reflejaba de lleno en la brillante pintura blanca del taxi, pero apenas trazó débiles destellos en los radios de la silla, que bien que mal ya empezaba a ganar velocidad, gracias a los empellones que su conductor le imprimía a fuerza de palmadas y, sobre todo, a la fuerza de la gravedad que la proyectaba sobre la pendiente.

El ladrón se rio a todo pulmón al descubrir en el espejo al taxista, persiguiéndolo cuesta abajo, y gritó más para sí mismo:

—¡Gracias por las llaves, imbécil! ¡Nunca me vas a alcanzar y mucho menos a bordo de una silla de ruedas! —a continuación, aceleró el motor al máximo, mientras que el taxista cada vez se veía más lejos de su auto.

La calle mal bacheada hacía que la silla de ruedas temblara ruidosamente y a veces daba pequeños saltos que no solo aceleraban un poco más su viaje, sino que amenazaban al taxista con voltearlo en cualquier momento. No pasó mucho para que se arrepintiera de haberse lanzado en aquella persecución, pero arrepentirse ya no tenía caso porque a cada metro que recorría su velocidad aumentaba. Ya no le importaba recuperar el coche, todo lo que quería era verse libre de aquella persecución a la que se había entregado sin pensar. Cuando todo aquello acabara, le entregaría la silla de ruedas a su madre, así fuera robada. Ella sí que le sacaría provecho. En cuanto a él, no se había ido en malos términos de la empresa de taxis del centro, por lo que estaba seguro de que el Julián le daría trabajo inmediatamente, una vez le contara lo sucedido.

El ladrón no sabía a qué darle más importancia, si a la pendiente del camino o al pobre loco que lo perseguía en una silla de ruedas. Supuso que algo andaba mal con el taxi, pues por más que aceleraba, no conseguía deshacerse de su perseguidor. Qué lástima que no había logrado quedarse también con la silla, estaba padrísima, pero nada es perfecto, además este coche estaba de lujo. Cómo se les pudo ocurrir meter a taxear un coche así. Ni de chiste lo iba a vender para refacciones. Se lo llevaría al Tartamudo para mandarlo a Guatemala y sacarle un buen dinero.

Los cálculos triunfales del ladrón debieron quedar en suspenso, lo mismo que los proyectos del taxista pues, al final de la bajada, salió al encuentro de ambos una curva ciega y con ella un frondoso árbol. Apenas a tiempo de reaccionar, el ladrón logró esquivar con éxito el inmenso tronco, pero se terminó estrellando contra una barda, en un estruendo de latones retorcidos y vidrios rotos y, tras él, se escuchó un impacto como de silla de ruedas a toda velocidad y los huesos del taxista vencidos, ahora sí, por el árbol.

El silencio que prosiguió al choque apenas duró unos instantes. Aunque el latón retorcido no dejaba ver al ladrón, su voz sí logró elevarse en medio de los vidrios y el metal:

—¡No siento las piernas! ¡No siento las piernas!

El taxista aturdido se trató de incorporar pero un dolor muy fuerte en la rodilla lo hizo sosegarse. Las fuerzas apenas le alcanzaron para sentarse en la calle. No sabía que el corazón pudiera ir tan rápido. Empezó a palparse el cuerpo, como buscando huesos rotos o sangre, pero solo encontró una herida en su rodilla. A pesar del dolor, se armó de coraje y se puso de pie. Comenzó a caminar con grandes dificultades en busca de un teléfono público.

El ladrón había empezado a llorar. Pedía a gritos que le ayudaran a salir de los metales, pero en aquel momento el taxista no tenía oídos para nadie. Miró su coche destruido una vez más mientras avisaba a la Cruz Roja.

—¡Ayúdenme, por favor, ayúdenme! —gritaba el ladrón.

—¿Dónde exactamente? Pues aquí, en San Diego Alcalá, saliendo para Tlacha —dijo el taxista al teléfono—. Lo más rápido que puedan, señorita, yo no estoy tan mal, pero el otro señor creo que se va a morir.

La ambulancia tardaría. Siempre se tarda. El taxista volvió a donde estaba su coche y, sacando fuerzas de donde no las había, terminó de arrancar la puerta del conductor, sacó al ladrón y lo volvió a sentar en su silla de ruedas. El pobre hombre estaba hecho un cristo pero, por fortuna, la silla de ruedas no había recibido mayores daños.

A pesar de las protestas del taxista, los dos fueron llevados juntos al hospital. El taxista prefirió no voltear a ver al ladrón y el ladrón guardó silencio. El taxista se asomó por la ventana de atrás del vehículo. La silla de ruedas había quedado abandonada en la calle a la espera de que los niños vinieran a jugar.

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