Muerte por raspadura

7 05 2014

 Por Soledad Cadena

 

Hablar de un hombre prisionero de su sombra puede resultar absurdo para todo aquel que desconozca la azarosa historia de Juliano Conti.

Creció siendo un niño como cualquier otro hasta los siete años, edad en la que tuvo consciencia de que algo inusual ocurría en él. La confirmación de su sospecha llegó una mañana, mientras jugaba en la sala de su casa y presenció con espanto cómo su sombra hizo una travesura de la cual fue culpado; por más que intentó explicarles a sus padres quién había sido, lo máximo que pudo lograr fue que ellos le concedieran el tener una gran imaginación.

Episodios similares se fueron repitiendo con cierta frecuencia desde entonces: vidrios rotos, macetas regadas por el suelo, habitaciones en total desorden, cosas perdidas y luego encontradas en los sitios más inverosímiles, como aquella ocasión en que la sombra traviesa hurtó el anillo de bodas de mamá y lo llevó hasta una de las salientes de la antena del televisor, donde mucho tiempo después, el padre lo descubrió una mañana en que debió subir al tejado.

La sombra de Juliano Conti parecía tener vida e inteligencia propias: cada vez que estaba a punto de ser sorprendida en flagrancia, con increíble velocidad iba a situarse al lado de su dueño, quien, asustado y confundido, jamás pudo dar una explicación convincente.

Seguramente habría podido adaptarse a su situación, de no ser porque la sombra no se contentó con estos juegos inocentes: a medida que pasaron los años, las travesuras fueron subiendo de tono e intención hasta llegar a ser algo mórbido y fatal: mascotas misteriosamente envenenadas en las casas vecinas, caídas “accidentales” de compañeros y profesores, enfermos del hospital local a quienes por algún percance desafortunado se les cambiaba la medicación, todo ello hacía parte del largo expediente de la sombra de Conti.

Por cuenta de encontrarse siempre en la escena de la desgracia, Juliano llegó a convertirse en un ser nefasto para todos, aunque nunca se le hubiera visto cometer nada. Sabiendo que no podría convencer a nadie en tanto no tuviera pruebas, decidió abandonar la casa paterna e irse a vivir a una vieja casona en las afueras de la ciudad que había pertenecido a sus abuelos, con la ilusión de que así evitaría que la sombra dañara a alguien más.

Una vez instalado allí, se quedaba días enteros en cama levantándose lo menos posible; procuraba no estar cerca de ninguna fuente de luz natural o artificial; si debía salir lo hacía hacia la 1 y 30 de la tarde, cuando por efecto de la posición del sol en el cielo, su sombra era más corta.

Había tenido que empezar a observar esas sutilizas; la mayoría de las actuaciones fatídicas ocurrían entre las 9 y 30 y las 10 y 30 de la mañana y hacia las 5 de la tarde, cuando el sol estaba más bajo y por ende la sombra se hacía más larga. ¡Cuánto deseó ser transparente para que la luz pasara a través de él y verse a salvo de proyectar sombra alguna!

La reclusión empeoró las cosas para Juliano Conti. Comenzaba a sentir en carne propia ataques, golpes invisibles que la sombra le asestaba y que le hacían salir espantado de la cama. A medida que pasaban los días, la postración y el encierro lo debilitaban más y más. Muchas veces llamaron a su puerta, quizá vendedores o sus preocupados padres. Era en estas ocasiones cuando los ataques se hacían más dolorosos, como si la sombra entendiera que la presencia de alguien en la casa serviría a sus propósitos. Hubiera querido abrir la puerta, huir y dejar encerrado allí a aquel espectro, hubiera querido que alguien, una sola persona en el mundo, viera lo que él la había visto hacer…

Pero era imposible; Juliano Conti era esclavo de su sombra. Se le ocurrió entonces que podría aplacarla saliendo al amparo de la oscuridad; observaba el firmamento en busca de noches en las que hasta la luna sentiría temor de emerger. Las encontró, no sin dificultad, cerca del cuarto menguante. Al salir, se pegaba lo más posible a las paredes, evitaba faroles, luces de autos, linternas de veladores nocturnos, todo, con tal de no proyectarse.

La nueva estrategia de paseos nocturnos parecía dar resultado; los ataques de la sombra se hicieron menos frecuentes; era como si en la noche, esta se sintiera a sus anchas: se mezclaba tan asombrosamente con la oscuridad, que a veces era difícil identificarla. Ese camuflarse silencioso le daba la impunidad que tanto requería, de tal suerte que aniquilaba gatos solitarios o ebrios despistados que se aventuran por aquellos parajes casi desiertos. Juliano, como siempre, asistía a estos hechos con la complicidad de quien ve sin poder hacer nada.

El lugar comenzó a adquirir fama de siniestro cuando se descubrieron los cuerpos sin vida de los desafortunados transeúntes ocasionales. Nació la leyenda de un misterioso personaje que habitaba la región y que en las noches sin luna salía para alimentarse de sangre fresca. Algunos habitantes de los pueblos cercanos culpaban al residente de la vieja casona a quien aseguraban haber visto y de quien decían, tenía una actitud lúgubre y misteriosa.

Mientras la leyenda en torno a él se alimentaba, Juliano mataba los días recorriendo la casona. Un día en que revisaba unos viejos documentos, halló un antiguo álbum familiar. Mirando en detalle, encontró algunas fotos en las que su sombra era incluso más notoria que él mismo. En un infantil arrebato, quiso borrarla: tomó entonces una pequeña cuchilla y comenzó a raer lentamente la impronta de la sombra hasta casi hacerla desaparecer. Era una tontería, pero lo hizo sentir mejor.

Sin embargo, esa noche sintió que la sombra se comportó de manera extraña: había suficientes gatos y perros callejeros y no obstante, los dejó pasar de largo. Incluso, regresaron a la casona mucho antes de lo habitual. Juliano pasó el resto de la noche pensando a qué se debería ese cambio repentino. Casi a la madrugada, por fin, encontró la única y descabellada respuesta: su sombra se había debilitado gracias a la acción que había ejecutado en la foto la mañana anterior.

Sin perder tiempo, se dedicó a recolectar las fotos donde su sombra se reflejaba y con paciencia y tacto, la fue borrando una a una. Incluso fue más lejos: con una antigua cámara que encontró en el sótano, posó muchas veces tomando todas las fotos posibles, que luego, hizo revelar en el laboratorio de una población cercana. Las consecuencias previstas por Conti no se hicieron esperar, ya que en las noches sucesivas, cuando se disponía a salir, su sombra se quedaba arrinconada, sin fuerza, temerosa.

Por fin Juliano Conti encontraba algo de paz y descanso. Durante días enteros no sintió los embates de la sombra. Era ella quien se encontraba ahora postrada en la cama, sin fuerzas para moverse, casi aniquilada. Alentado por esa nueva y grata situación, decidió salir de día, a media mañana. Como era de esperarse, la sombra enferma no lo acompañó. Aprovechó para ir donde sus padres, quienes después de tantas visitas infructuosas, habían comenzado a imaginar lo peor. No perdió su tiempo tratando de explicarles la dolorosa situación que había atravesado durante todos esos meses. Les dijo, por el contrario, que un viaje repentino lo había alejado de la ciudad. Al fin gozaba de un momento de felicidad real, tantas veces aplazado. Llegada la noche, la madre insistió en que se quedara, que no regresara a aquel lugar, que nada les haría más dichosos que tenerlo de nuevo a su lado. Juliano le prometió que pronto volvería y que lo haría para quedarse.

Pero de camino a la casona, comenzó a sentirse mareado. Achacó ese malestar a la opípara cena que había ingerido. Sin embargo, su malestar fue empeorando: estaba bañado en sudor, se sentía sin fuerzas, incapaz de controlar sus movimientos, incapaz de articular palabra. A duras penas pudo llegar a la casona. Sus ojos, acostumbrados a presenciar dolor, no pudieron soportar la macabra imagen que lo recibió al abrir la puerta: sentada a la mesa, encorvada y macilenta, la sombra raía con la cuchilla los últimos vestigios de la imagen de su dueño en una foto. Juliano se acercó con dificultad para comprobar que todas las demás ya habían sido borradas. En un último intento de supervivencia, se abalanzó como pudo sobre ella, arrebatándole la cuchilla para arrojarla por la ventana. El esfuerzo había sido supremo. Ya sin aliento, se desplomó en la cama. A su lado, en perfecta sincronía, la sombra homicida también se desplomaba.

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Cuentan que una mañana, un par de ancianos tocó muchas veces la puerta de una antigua casona. Al no obtener respuesta, pidieron ayuda para derribarla, argumentando que quizá su hijo se encontraría allí dentro, enfermo. Lo que hallaron superaba los límites de toda lógica: sobre la cama, en medio de sábanas sucias y malolientes, la imagen de lo que parecía haber sido un hombre, yacía casi borrada. Junto a él, en idéntica posición, también reposaban los restos de algo semejante a una sombra.

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