Relatos: El sueño y Encandilados

20 05 2013

Hoy en Pórtico 21 compartimos los relatos El sueño y Encandilados, ambos autoría de Susana Castro Jiménez.

El sueño

 

Sin duda alguna, era su recurrente y aterrador sueño, esta vez haciéndose realidad. Trataba de cerrar la puerta de su casa pero no lo lograba, se lo impedía una fuerza potente y desconocida, como de una multitud; y una luz cegadora que le imposibilitaba ver qué había al otro lado, qué era esa cosa a la que ella tanto le temía y no quería que entrara en su casa.

La lucha por cerrar la puerta duró unos diez segundos, pero considerando la lentitud del tiempo onírico, debió ser terrible para ella, y esta vez, al igual que en sus sueños pasados alguien la interrumpió, era su hermana llamando por la puerta trasera. Esta vez tampoco pudo saber qué era esa cosa detrás de la puerta a la que tanto le temía y no quería entrara en su casa. Y el mantenimiento de esta incógnita le aseguraba que su sueño seguiría repitiéndose incluso en la luz del día hasta que ella lo descifrara.

Pensó igual que las otras veces, que lo mejor era mantener la puerta bien cerrada y asegurada, y “por aquello” poner un pesado sillón arrecostado a la puerta, total la única que la visitaba era su hermana y ella entraba por la puerta trasera, en cambio a esa cosa sólo se presentaba, como cualquier visita, en la puerta principal.

 

Encandilados

 

Entró en la sala de la casa, como de costumbre no se quitó sus botas llenas de tierra y estiércol, no tenía consideración con su esposa que se esmeró limpiando el piso, aunque en realidad, ese día ella no se había levantado con el suficiente ánimo como para limpiar la casa, eso solía pasar, de hecho era una suerte encontrarla alegre, era una suerte encontrar la casa limpia; y es que cuál cosa podía alegrarle, su vida era verdaderamente miserable y las cosas no iban a mejorar porque ella limpiara o no.

Lo primero que dijo al entrar fue: “¿por qué están las luces encendidas? Me molestan, apáguenlas”. A pesar de ser ya las seis de la tarde y que la noche se encontraba especialmente oscura, era raro que en esa casa las luces estuvieran encendidas, a ellos la luz le molestaba, especialmente al padre, la madre y el hijo mayor; los dos pequeños todavía soportaban la luz, aún no los había carcomido del todo la oscuridad, la intimidad y privacidad enfermiza de su familia. A la pregunta del padre, podían seguirle otras, y es que ¿para qué encender la luz? No querían verse sus caras tristes, molestas, frustradas; no querían ver su casa sucia, descuidada. La oscuridad les daba comodidad, esa que da la negación de una realidad dolorosa. Poco después de terminar de hablar notó que había en casa un visitante, un tipo del pueblo que  pese a vivir solo desde hace años, sabía relacionarse mejor que aquellos desgraciados, el hombre sólo buscaba un poco de conversación.

El resto de su familia estaba encandilada como él, no tanto por la luz sino más bien por la violación que estaba haciendo aquel extraño de la intimidad de su hogar, pues aquel hombre les obligó a conversar en la sala, todos y juntos; a cenar en la mesa, todos y juntos, pero lo peor que hizo fue obligarles a verse las caras, a encender la luz, y romper la comodidad que les daba la oscuridad, mejor dicho aquella visita los dejó encandilados.